Mircea Cartarescu. El levante. P. 20-23
Manoil entró en la habitación, situada bajo la cubierta, tomó la pluma de oca, la introdujo en el tintero y escribió con tinta rojiza: “Oda a la pobre Valaquia, saqueada por el Lobo-Voivoda”. Se quedó pensativo unos instantes y lo borró. A continuación escribió: “Elegía a las tumbas de los antepasados, en las que se observa el doloroso estado de la nación”. Y su imaginación echó a volar:
“Cuando el ruiseñor llora en el bosquete de romero
Y los arroyos se rizan en olas
Cuando las chicharras cantan bajo los rayos divinos
Que se apresuran hacia el poniente,
Yo empapo la almohada con mis lágrimas, pues recuerdo
Las desdichas de la patria
Y en mis sentidos crece un mar acongojado
Asolado por los espíritus malvados
Extranjero que recorres el mundo,
Por mares o caminos polvorientos,
¿Has encontrado en otra parte una alegría mayor
Y mayor provecho
Que en el campo verde esmaltado de flores?
¿Que en las tierras de mi patria?
¿Que en las blusas bordadas y los pañuelos del dulce traje
De nuestras doncellas de cabellos dorados?
Podrías pensar que Valaquia es un trozo de paraíso,
Pero, ay, ¡estás tan equivocado!
¡Pues hoy su tierno seno es engullido por los sinvergüenzas
Que sometieron la región!
¡Oh, maravilloso país, lo que fuiste en otra época
Y lo que eres ahora,
Bajo la suela de los llegados de Fanar!
Tus niños tiemblan y las madres aúllan de dolor,
Pero a los griegos no les importa.
Sobre las blancas tumbas de los héroes de antaño
Crecen malas hierbas.
Bajo ellos gimen Mihail el Bravo y Mircea Voievod
Como gemimos nosotros bajo los turcos,
Ay, nuestra estrella se ha puesto, ay, nuestro ángel ha muerto
Y el sable está enmohecido,
¡Ay, los griegos son ahora los dueños de la patria,
Mercaderes que fingen ser aristócratas!
Levántate de tu tumba, Brâncoveanu, levántate, rumano,
Recuerda
A Cato y a Brutus con las águilas en la mano,
A los grandes caudillos de Roma,
¡Pues el águila en cuervo con la cruz en el pico
Se transformó con el paso del tiempo
Y el romano se hizo rumano, ese fue su destino,
Y es un hombre valiente!
Levántate, nación, mujer llorosa,
Mira, las tumbas se abren
Y de la sombra humeante salen fantasmas nobles
Que desafían a los siglos.
¡Arriba, arriba, contemplad los laureles y la independencia
Y como leopardos terribles
Desgarrad con vuestros colmillos y vuestras garras
A los depuestos tiranos!
¡Señor que estás en el cielo en un trono de rayos,
En Tu silla de plata,
Permíteme vivir para ver cómo el dragón
Entrega su alma,
Para ver a un pueblo orgulloso en un país dichoso
Y cerrar luego los ojos
Y así partiré sonriente
Y feliz de este mundo!
Mira, la noche se torna más cerrada y cubre la Hélade, mira, las estrellas con sus miles de destellos, amarillas como el azafrán, vierten su copa en el mar de mercurio y de ensueño. Apacibles medialunas de oro se bañan en olas de lapislázuli. La luna, un cuerno de estaño, ha partido de la cúspide de la mezquita y se ha tendido sobre las olas como un párpado sobre la córnea, como la pestaña de una odalisca sobre el rostro de un isicasta. La medialuna se hace añicos fríos sobre la bahía. El delfín sale de las aguas y recoge polvo de oro de la bóveda celeste. Un sudor dorado hace que brillen en la oscuridad los mástiles y los odres de las velas se hinchan en un cielo de icosari. El mar es liso como el cristal, el cielo es de madreperla. El polvo de las estrellas ilumina como si fuera de día, el Escorpión mueve su aguijón, las Pléyades se pasean por la bóveda, las Osas brillan como piedras preciosas en un cofre, Géminis se inclina sobre el parapeto de la esfera celestial. Todo lo que alcanza la vista son islas. El único rumor es el de la luna al deslizarse por las ruedas dentadas, como la Virgen del reloj cuando se asoma con el niño a la ventana. Las estrellas se arrojan a las olas y las olas a las estrellas.
