MI AMADA ESTANQUE AZUL HUERTO CABELLOS
Edgar Bayley
MI AMADA ESTANQUE AZUL HUERTO CABELLOS
Edgar Bayley
como dedos de plantas suculentas.
¿Te acuerdas del juego de “Quemados”?
¿Te acuerdas de los machucones?
¿Te acuerdas de la electricidad estática?
Cada rostro es, de nuevo, un parpadeo.
Un perro con correa termina por meterse en todas las preguntas adecuadas.
¿Qué es lo que quieres?
¿Qué es lo que tú quieres?
Quisiera, a veces, echar mano de mis propias manos y sacudirme,
y marcarme a mí misma con mis uñas.
Ahora me doy cuenta de que esto, también, es una especie de éxtasis,
una demanda generalizada:
dame algo útil.
Críame.
***
Otro intento por decir algo más sobre Jerusalén
Los vecinos lo enterraron de noche.
Los soldados miraban
desde la calle ahí abajo.
Los soldados sostenían las linternas.
Era hijo suyo.
Vos y yo, que nunca los tuvimos,
atravesamos los haces de luz
camino a casa.
***
Union Square Station
Después de tanto ardor– tanto tratar
de encontrar las palabras y de tocar la carne,
la tibieza de ambas, o tan sólo
una manera de lidiar con sus efectos–,
después de tanto espacio que nos queda
cuando lo buscamos, sin importar si lo encontramos
o no, pienso, parada en la estación desierta
de subte, mientras un chelista solitario
munido de su arco hace que los armónicos
graves retumben por la cueva,
que debe ser deseo esto también:
dirigirse no al músico
(y sin nada de fuego), sino al tren: Sé, lento,
sé lejano. Dejame que me quede
este zumbido visceral
en los pulmones. Obligame a esperar.
No vengas nunca.

En versiones de Ezequiel Zaidenwerg
Tomados de Tener, edición de Audisea, piezas de la poeta y traductora nacida en Nueva York en 1987.
Tomados de Tener, en edición de Audisea, compartimos tres piezas de la poeta y traductora nacida en Nueva York en 1987.
Con traducción de Ezequiel Zaidenwerg.
En la ciudad, la taza
de las cosas –veredas
y balcones, caños de escape, hiedra,
sogas donde la ropa baila
suelta en el cautiverio
del aire–
se llena alrededor de mí.
Algunos días, el cielo
parece estar tan cerca
que trato de sacármelo de encima
y siento cómo se endurecen
a lo lejos los cerros pelados.
Corta el aliento
cómo nos apresuramos
a llamar “casa”
al lugar donde
dormimos.
No hay ser viviente que desee
tan poco como el desierto,
y sin embargo tenga tanto.
No es algo en lo que piense uno cuando piensa
en los seres vivientes,
aunque los alberga a voluntad.
Tiene una voluntad que no es como la nuestra.
Alegrate de eso.

DEJA LAS LETRAS... Juan L. Ortiz
ROSARIO CASTELLANOS
Credo
Gabriela Mistral
Creo en mi corazón, ramo de aromas
que mi Señor como una fronda agita,
perfumando de amor toda la vida
y haciéndola bendita.
Creo en mi corazón, el que no pide
nada porque es capaz del sumo ensueño
y abraza en el ensueño lo creado:
¡inmenso dueño!
Creo en mi corazón, que cuando canta
hunde en el Dios profundo el flanco herido,
para subir de la piscina viva
recién nacido.
Creo en mi corazón, el que tremola
porque lo hizo el que turbó los mares,
y en el que da la Vida orquestaciones
como de pleamares.
Creo en mi corazón, el que yo exprimo
para teñir el lienzo de la vida
de rojez o palor, y que le ha hecho
veste encendida.
Creo en mi corazón, el que en la siembra
por el surco sin fin fue acrecentado.
Creo en mi corazón siempre vertido
pero nunca vaciado.
Creo en mi corazón en que el gusano
no ha de morder, pues mellará a la muerte;
creo en mi corazón, el reclinado
en-el pecho de Dios terrible y fuerte.
Antonio Cisneros (Perú, 1942, 2012)
Para calmar la duda
que tormentosa crece
acuérdate, Hermelinda,
acuérdate de mí.
HERMELINDA, vals criollo.
Aquí están escritos mi nacimiento y matrimonio, y el
día de la muerte
del abuelo Cisneros, del abuelo Campoy.
Aquí, escrito el nacimiento del mejor de mis hijos, varón
y hermoso.
Todos los techos y monumentos recuerdan mis batallas
contra el Rey de los Enanos y los perros
celebran con sus usos la memoria de mis
remordimientos.
(Yo también
harto fui con los vinos innobles sin asomo de vergüenza
o de pudor, maestro fui
en el Ceremonial de las Frituras.)
Oh ciudad
guardada por los cráneos y maneras de los reyes que
fueron
los más torpes -y feos- de su tiempo.
Qué se perdió o ganó
entre estas aguas.
Trato de recordar los nombres de los Héroes, de los
Grandes Traidores.
Acuérdate, Hermelinda, acuérdate de mí.
Las mañanas son un poco más frías,
pero nunca tendrás la certeza de una nueva estación
-hace casi tres siglos se talaron los bosques y los pastos
fueron muertos por fuego.
El mar está muy cerca,
Hermelinda,
pero nunca tendrás la certeza de sus aguas revueltas, su
presencia habrás de conocerla en el óxido de todas las ventanas,
en los mástiles rotos,
en las ruedas inmóviles,
en el aire color rojo-ladrillo.
Y el mar está muy cerca.
El horizonte es blando y estirado.
Piensa en el mundo
como una media esfera -media naranja, por ejemplo-
sobre cuatro elefantes,
sobre las cuatro columnas de Vulcano.
Y lo demás es niebla.
Una corona blanca y peluda te protege
del espacio exterior.
Has de ver
4 casas del siglo XIX
9 templos de los siglos XVI, XVII, XVIII.
Por 2 soles 50, también, una caverna
donde los nobles obispos y señores -sus esposas, sus
hijos-
dejaron el pellejo.
Los franciscanos -según te dirá el guía-
inspirados en algún oratorio de Roma convirtieron
las robustas costillas en dalias, margaritas, no-me-olvides
-acuérdate, Hermelinda- y en arcos florentinos las tibias
y los cráneos.
(Y el bosque de automóviles como un reptil sin sexo y
sin especie conocida
bajo el semáforo rojo.)
Hay, además un río.
Pregunta por el Río, te dirán que ese año se ha secado.
Alaba sus aguas venideras, guárdales fe.
Sobre las colinas de arena
los Bárbaros del Sur y del Oriente han construido
un campamento más grande que toda la ciudad, y
tienen otros dioses.
(Concerta alguna alianza conveniente.)
Este aire -te dirán-
tiene la propiedad de tornar rojo y ruinoso cualquier
objeto al más breve contacto.
Así,
tus deseos, tus empresas
serán una aguja oxidada
antes de que terminen de asomar los pelos, la cabeza.
Y esa mutación -acuérdate, Hermelinda- no depende de
ninguna voluntad.
El mar se revuelve en los canales del aire,
el mar se revuelve,
es el aire.
No lo podrás ver.
Mas yo estuve en los muelles de Barranco
escogiendo piedras chatas y redondas para tirar al agua.
Y tuve una muchacha de piernas muy delgadas. Y un
oficio. Y esta memoria -flexible como un puente de barcas-
que me amarra
a las cosas que hice
y a las infinitas cosas que no hice,
a mi buena o mala leche, a mis olvidos.
Qué se ganó o perdió
entre estas aguas.
Acuérdate, Hermelinda, acuérdate de mí.
For you my son
I write what we were
Horace Gregory
Queda un poco de sol, crujen los cables y el lomo de las aguas
una y otra vez se bambolea entre las blancas rejas.
En San Nicolás he visto a dos muchachos apretarse contra una grúa roja.
El viento soplaba y resoplaba desde el Sur como el chillido de quinientos demonios.
¿Quién me llama? ¿He apagado la luz de la cocina? ¿Qué olvidé entre mis libros?
Y la respuesta no llega como nunca el palmoteo amable de los dioses.
Ella era muy delgada y revolvía sus manos bajo la negra chompa del muchacho.
Mar de San Nicolás, olas de aceite.
Día que me sorprendes muros adentro de Jerusalén y en deuda con mi hermano:
poco aviso fue el semáforo de Delfos. ¡Oh gran remoridimiento!
no acicalé mi casa para el día.
¿Ya rechina la viola de los muertos contra una grúa roja?
Perdóname.
¿Qué polvo de hierro se arremolina en nuestro corazón?
Perdóname.
Los muchachos subieron hasta un bosque de latas y encendieron la luz.
Y la Osa Mayor era brillante y su peludo rabo colgaba desde el cielo.
Perdóname.
Yo andaba por los muelles más informe que una medusa muerta.
Y el viento soplaba y resoplaba sobre ti, nuestro recién nacido:
cáscara de plátano donde pastan las moscas.
Perdóname
Después, aullaron las sirenas de San Juan y Acarí, y a las siete nos hicimos a la mar.
Queda un poco de sol, crujen los cables y el lomo de las aguas
una y otra vez se bambolea entre las blancas rejas.
Ni un pájaro me sobrevuela, Diego mío, y antes que la noche apriete pienso en ti.
Perdóname, perdónala.
Queja de un poeta frustrado, de Aldous Huxley
Juzgamos simplemente por la apariencia:
si no puedo pensar de forma diferente, al menos puedo parecer curioso.
Así que me dejé crecer tanto el cabello
que mi madre no me conocía,
hasta que en un club nocturno una mujer dijo,
cuando yo pasaba:
"Hola, he aquí Salomé..."
Miré en el sucio cristal de montura dorada,
y ¡ay, Salomé! Allí estaba yo
totalmente enjoyado, medio vampiro,
con el alma en mis ojos flotando alelada
como el recolector de la proverbial salicornia
encima del borde del peñasco del sentido,
mirando hacia abajo desde el peligroso promontorio
hacia un abismo de noche ventosa.
Y hay paja en mi tempestuoso cabello,
y no soy un poeta: ¡mas nunca desespero!
Viviré locamente los poemas que nunca escribiré.