viernes, 12 de enero de 2018

Y me da la espalda. Y ronca

KINSEY REPORT - 


Rosario Castellanos


1


—¿Si soy casada? Sí. Esto quiere decir
que se levantó un acta en alguna oficina
y se volvio amarilla con el tiempo
y que hubo ceremonia en una iglesia
con padrinos y todo. Y el banquete
y la semana entera en Acapulco.
No, ya no puedo usar mi vestido de boda.
He subido de peso con los hijos,
con las preocupaciones. Ya ve usted, no faltan.
Con frecuencia, que puedo predecir,
mi marido hace uso de sus derechos o,
como él gusta llamarlo, paga el débito
conyugal. Y me da la espalda. Y ronca.
Yo me resisto siempre. Por decoro.
Pero, siempre también, cedo. Por obediencia.
No, no me gusta nada.
De cualquier modo no debería de gustarme
porque yo soy decente ¡y él es tan material!
Además, me preocupa otro embarazo.
Y esos jadeos fuertes y el chirrido
de los resortes de la cama pueden
despertar a los niños que no duermen después
hasta la madrugada.

viernes, 5 de enero de 2018

No soy más que otra mosca sobre la carne cruda y las guayabas

Con falda de serpientes: cuatro poemas inéditos de Soledad Castresana

¿Qué es el deseo? ¿Una proyección? ¿Un modo de atravesar la realidad en primera persona? En estos cuatro poemas de Soledad Castresana el deseo es omnipresente. Puede ser sutil y pensativo o elevar la voz. Puede saberse ausente de una escena pero se sostiene en la misma enunciación: rabioso o amoroso, es siempre brillante y performativo. Toma la herencia y la trasviste. Ve venirse el derrumbe, y el deseo de no ser es desmentido por el poema presente. “Como si hubiera matado una mosca”, invierte el orden violento de una escena señalando las cicatrices, las manchas y las marcas de una sociedad fronterizante a la que esquiva con el cuerpo y la palabra. Porque el silencio puede ser “un golpe de martillo en las orejas” cuando arde la tarde. Porque el Patriarca no encarna la historia de una sino la de sí mismo.
La filiación abandona el margen y ocupa un centro: el deseo clausurado, ajeno, es arrinconado en una lucha cuya arena es también el poema. Acá golpea el deseo. Que los dioses sufrientes sean de otros. Que encarne en este cuerpo vivo una diosa propia. Vital. Que sangre.
Soledad Castresana publicó los libros de poemas Carneada (Alción, 2007), Selección natural (Fondo Editorial Pampeano, 2011) y Contra la locura (El Ángel Editor, 2015). Hay textos suyos en varias antologías de poesía, entre ellas, Poetas argentinas 1961-1980 (del Dock, 2007),Última poesía argentina (En danza, 2008), Un libro oscuro (Bajo la luna, 2011). También escribe cuentos y, en 2018, se propone reunirlos en un volumen. Nació en La Pampa en 1979. Estudió Letras en Buenos Aires. Vivió en Bogotá, en Medellín y en Ciudad de México. En 2017, volvió a la Argentina y todavía está adaptándose. Aquí les presentamos cuatro poemas de su último libro, Que sangre, inédito aún.
Curaduría y notas: Lali Destéfanis


De cuando visité por primera vez el Templo Mayor



























En el campo, el silencio de noche es como un golpe
de martillo en las orejas. Por eso, cuando era chica,
yo quería un dios o una diosa que me ayudara a dormir.
No me servía un hombre que elegía a otros hombres,
para que fueran al mundo a contar sus hazañas.
Ni una virgen que limpiaba con lágrimas
las heridas del hijo, que aceptaba el misterio
y subía a los cielos. Esclava y sin manchas.
Tampoco, ese hijo que ofrecía la mejilla y después,
mientras sufría sabiéndose dios,
llamaba al padre llorando de miedo.
No.
Me hubiera encantado tener una diosa
de torso desnudo, con falda de serpientes,
con rodilleras hechas de cráneos de los tontos
y los pies bien metidos en el fuego,
que mostrara las piernas abiertas, las garras,
y tuviera un serrucho por lengua.
Que viniera, no a salvarme,
sino a enseñarme a matar a la madre,
que luchara con el hermano deforme
y perdiera la cabeza entre las piedras.
Ahora, no necesito nada para mí,
aprendí a dormir sola. Pero para mi hija,
yo quisiera una diosa que sangre.


La Virgen en el mercado

Adherida a la columna, una lámina
en papel satinado de la Virgen
con su raro disfraz de Guadalupe.
Quien imprimió esta imagen le agregó
un poco de su fe, de su alegría.
Los colores se alejan del gris santo,
alzan vuelo y se encienden y compiten
con las piñatas que cuelgan rabiosas
del techo del mercado en Coyoacán.
Y porque tal vez la acumulación
funciona en ciertos casos, le pusieron
un marco de un millón de rosas rojas
y un diluvio universal de purpurina.
Pero es curioso observar que nada
le ha cambiado en el gesto a la señora:
sigue quieta, los ojos hacia abajo
y las manos unidas sobre el pecho.
¡Qué poca vanidad!, me digo y miro
mi perfil de reojo en la vitrina
sucia de un puestito de tostadas.
Cualquier diosa, yo misma, si tuviera
tales brillos y flores, alzaría
la vista sonriendo. Aunque en el fondo
supiera que no soy más que otra mosca
sobre la carne cruda y las guayabas.


Para identificar mi cuerpo

–¿Señas particulares? –me pregunta la mujer
del Instituto Nacional de Migración–
¿tatuajes, manchas, cicatrices? –Nada
que se vea a simple vista –digo. Y ella,
impúdica, insiste. –Una cesárea, ¿le sirve?
–subo la voz para que escuchen todos en la sala–
¿Un corte en el pezón derecho,
otro en la ingle, uno en el cuello del útero?
–Y su hija, ¿tiene alguna marca?
–Un lunar en la palma de la mano izquierda.
Como si hubiera matado una mosca.
La mujer del Instituto Nacional de Migración
completa el formulario. No me mira.












La noche en que se nos inundó la casa

Decorando la casa que yo no quería que fuera nuestra casa,
pinchamos con el taladro un tubo de agua. El chorro
nos golpeó con la fuerza de una yegua. Era de noche,
sábado y afuera también llovía.
Hasta que encontramos la llave, se inundaron
los cuartos, los placares, el pasillo.
Hacía frío. Empezábamos a hundirnos. La pintura
de los muros se rajaba. Se curvaban las tablas en el piso.
Enseguida, el marido empuñó la escoba:
era una especie de caballero con su lanza.
Quién sabe cuáles monstruos despiadados
enfrentaba en el cuerpo de esas aguas.
También estaba la hija. Seria. Empapada.
Iba de un lado al otro llevando zapatos
y lápices y cajas hasta arriba de las camas.
Parecía un gigante tratando de salvar el mundo.
Yo me hubiera dejado ahogar ahí mismo.
Habrían quedado tres libros, unas pocas fotos
y un montón de notas sueltas. Suficiente
para alimentar el mito de la poeta joven que se fue
justo antes de empezar a escribir sobre sus muertos.


Y un diluvio universal de purpurina

La Virgen en el mercado

Soledad Castresana



Adherida a la columna, una lámina
en papel satinado de la Virgen
con su raro disfraz de Guadalupe.
Quien imprimió esta imagen le agregó
un poco de su fe, de su alegría.
Los colores se alejan del gris santo,
alzan vuelo y se encienden y compiten
con las piñatas que cuelgan rabiosas
del techo del mercado en Coyoacán.
Y porque tal vez la acumulación
funciona en ciertos casos, le pusieron
un marco de un millón de rosas rojas
y un diluvio universal de purpurina.
Pero es curioso observar que nada
le ha cambiado en el gesto a la señora:
sigue quieta, los ojos hacia abajo
y las manos unidas sobre el pecho.
¡Qué poca vanidad!, me digo y miro
mi perfil de reojo en la vitrina
sucia de un puestito de tostadas.
Cualquier diosa, yo misma, si tuviera
tales brillos y flores, alzaría
la vista sonriendo. Aunque en el fondo
supiera que no soy más que otra mosca
sobre la carne cruda y las guayabas.

martes, 2 de enero de 2018

Atwood: Genial poeta y novelista



"Me gustaría creer que esto no es más que un cuento que estoy contando. Necesito creerlo. Debo creerlo. Los que pueden creer que estas historias son sólo cuentos tienen mejores posibilidades.Si esto es un cuento que yo estoy contando, entonces puedo decidir el final. Habrá un final para este cuento, y luego vendrá la vida real. Puedo decidir dónde dejarlo.Esto no es un cuento que estoy contando.También es un cuento que estoy contando, en mi imaginación, sobre la marcha.Contando, más que escribiendo, porque no tengo con qué escribir y, de todos modos, escribir está prohibido.

Pero si es un cuento, aunque sólo sea en mi imaginación tengo que contárselo a alguien. Nadie se cuenta un cuento a sí mismo. Siempre hay otra persona"




"Mejor nunca significa mejor para todos, comenta. Para algunos siempre es peor."



"Vivíamos, como era normal, haciendo caso omiso de todo. Hacer caso omiso no es lo mismo que ignorar, hay que trabajar para ello."



"La humanidad es muy adaptable decía mi madre. Es sorprendente la cantidad de cosas a las que llega a acostumbrarse la gente si existe alguna clase de compensación."





"Mi desnudez me resulta extraña. Mi cuerpo parece an­ticuado. ¿De verdad me ponía bañador para ir a la playa? Lo hacia, sin reparar en ello, entre los hombres, sin im­portarme que mis piernas, mis brazos, mis muslos y mi espalda quedaran al descubierto y alguien los viera. Ver­gonzoso, impúdico. Evito mirar mi cuerpo, no tanto porque sea algo vergonzoso o impúdico, sino porque no quiero verlo. No quiero mirar algo que me determina tan abso­lutamente."



"Tengo la falda roja levantada, pero sólo hasta la cin­tura. Debajo de ésta, el Comandante está follando. Lo que está follando es la parte inferior de mi cuerpo. No digo haciendo el amor, porque no es lo que hace. Copular tam­poco sería una expresión adecuada, porque supone la par­ticipación de dos personas, y aquí sólo hay una implicada. Pero tampoco es una violación: no ocurre nada que yo no haya aceptado. No había muchas posibilidades, pero había algunas, y ésta es la que yo elegí…"





"En la cama no se hace nada más que dormir… o no dormir. Intento no pensar demasiado. Como el resto de las cosas, el pensamiento tiene que estar racionado. Hay muchos que no soportan pensar. Pensar puede perjudicar nuestras posibilidades, y yo tengo la intención de resistir. Sé por qué el cuadro de los lirios azules no tiene cristal, y por qué la ventana sólo se abre parcialmente, y por qué el cristal de la ventana es irrompible. Lo que temen no es que nos escapemos –al fin y al cabo no llegaríamos muy lejos— sino esas otras salidas, las que si se posee una mente aguda es posible abrir dentro de una."


"La noche es para mí, me pertenece; puedo hacer lo que quiera, Siempre que me quede callada. Siempre que no me mueva. Siempre que me estire y me quede inmóvil… Pero la noche es para mí. ¿A dónde podría ir?"


"Le dispararon al presidente, ametrallaron el Congreso, y el ejército declaró el estado de emergencia. En aquel momento culparon a los fanáticos islámicos. Fue entonces cuando suspendieron la Constitución. Dijeron que sería algo transitorio. Ni siquiera había disturbios callejeros. Los periódicos fueron sometidos a censura y algunos quedaron clausurados, según dijeron por razones de seguridad. Dijeron que se celebrarían nuevas elecciones, pero que llevaría algún tiempo prepararlas. "





"El tiempo es una trampa en la que estoy cogida. Debo olvidarme de mi nombre secreto y del camino de retorno. Ahora mi nombre es Defred, y aquí es donde vivo.Vive el presente, saca el mayor partido de él, es todo lo que tienes.Tiempo para hacer el inventario.Tengo treinta y tres años y el pelo castaño. Mido uno setenta descalza. Tengo dificultades para recordar el aspecto que tenía. Somos matrices dé dos piernas, eso es todo pero tengo ovarios sanos. Me queda una posibilidad."



"Las infames Colonias están compuestas por poblaciones flotantes utilizadas principalmente como equipos prescindibles de eliminación de sustancias tóxicas, aunque la que tiene suerte puede ser asignada a tareas menos peligrosas, como la recolección del algodón o la cosecha de la fruta."



"-Deseo que las mujeres luzcan indumentarias modestas -dice-, recatadas y sobrias; que no lleven el cabello trenzado, ni se adornen con oro, perlas o atavíos costosos. Sino (lo cual se aplica a las mujeres que se declaran devotas) con buenas obras.
Dejad que la mujer aprenda en silencio, con un sometimiento total -En este punto nos dedica una mirada-. Total -repite.
No tolero que una mujer enseñe, ni que usurpe la autoridad del hombre, sólo que guarde silencio.
Porque primero fue creado Adán, y luego Eva. Y Adán no fue engañado, pero la mujer, siendo engañada, cometió una transgresión.
No obstante, se salvará mediante el alumbramiento si continúa en la fe y la caridad y la santidad con una conducta sobria."


"Al contarte algo, lo que sea, al menos estoy creyendo en tí, creyendo que estás allí, creyendo en tu existencia. porque contándote esta historia, logro que existas. Yo cuento, luego existes."



"Les hemos dado más de lo que les hemos quietado, dijo el Comandante. Piensa en los problemas que tenían antes. ¿Acaso no recuerdas las dificultades de los solteros, la indignidad de las citas a ciegas en el instituto o la universidad? El mercado de la carne. ¿No recuerdas la enorme diferencia entre las que conseguían fácilmente un hombre y las que no? Algunas llegaban a la desesperación, se morían de hambre para adelgazar, se llenaban los pechos de silicona, se empequeñecían la nariz. Piensa en la miseria humana."


"Otra vez he fracasado en el intento de satisfacer las expectativas de los demás, que han acabado por convertirse en las mías."



"Recuerdo un programa de televisión... Era un documental sobre una de aquellas guerras. Entrevistaban a la gente y mostraban fragmentos de películas de la época, en blanco y negro, y fotografías. (...) Las entrevistas a las personas que aún estaban vivas habían sido rodadas en color. La que mejor recuerdo es la que se le hacía a una mujer que había sido amante del jefe de uno de los campos donde encerraban a los judíos antes de matarlos.(...) Por lo que decían, aquel hombre había sido cruel y brutal. Su amante -mi madre me explicó el significado de esta palabra; no le gustaban los misterios: cuando yo tenía cuatro años me compró un libro sobre los órganos sexuales- había sido una mujer muy hermosa. Se veía una foto en blanco y negro de ella y de otra mujer, vestidas con bañador de dos piezas, zapatos de plataforma y pamela, indumentaria típica de aquella época; llevaban gafas de sol con forma de ojos de gato y estaban tendidas en unas tumbonas junto a la piscina. La piscina se encontraba junto a la casa, que a su vez estaba cerca del campo donde se alzaban los hornos. La mujer dijo que no había notado nada fuera de lo normal. Negó estar enterada de la existencia de los hornos."


"—Yo podría ayudarte —dice, susurra.
— ¿Qué? —pregunto.
—Chsss —me advierte—. Podría ayudarte. He ayudado a otras.
— ¿Ayudarme? —le digo, en voz tan baja como la suya—. ¿Cómo? —¿Sabe algo, ha visto a Luke, lo ha en­contrado, puede traerlo?
— ¿Cómo te parece? —pregunta, todavía en un susurro. ¿Es su mano la que se desliza por mi pierna? Se está quitando el guante—. La puerta está cerrada con llave. Nadie puede entrar. Ninguno de ellos sabría jamás que no es suyo.
Levanta la lámina. La parte más baja de su cara está cubierta por la reglamentaria mascarilla blanca de gasa. Un par de ojos pardos, una nariz, y una cabeza de pelo castaño. Tiene la mano entre mis piernas.
—La mayoría de esos tíos ya no pueden hacerlo —me explica—. O son estériles.
Casi jadeo: ha pronunciado la palabra prohibida: esté­ril. Ya no existe nada semejante a un hombre estéril, al menos oficialmente. Sólo hay mujeres fértiles y mujeres estériles, eso dice la ley.
—Montones de mujeres lo hacen —prosigue—. Tú quie­res un bebé, ¿verdad?
—Sí —admito. Es verdad, y no pregunto la razón por­que ya la conozco. Dame hijos, o me moriré. Esta frase tiene más de un sentido."



"No es de los esposos de quienes tenéis que cuidaros decía Tía Lydia, sino de las Esposas. Siempre debéis tratar de imaginaros lo que sienten. Por supuesto os ofenderán. Es natural. Intentad compadecerlas. Tía Lydia creía que era muy buena compadeciendo a los demás. Intentad apiadaros de ellas. Perdonadlas, porque no saben lo que hacen. Y volvía a mostrar esa temblorosa sonrisa de mendigo, ele­vando la mirada —a través de sus gafas redondas con mon­tura de acero— hacia la parte posterior del aula, como si el cielo raso pintado de verde se abriera y de él bajara Dios, montado en una nube de polvos faciales de color rosa perlados entre los cables y las tuberías. Debéis com­prender que son mujeres fracasadas."



"Pero había algunas mujeres quemando libros… Entre las mujeres también había algunos hombres y pude ver que en lugar de libros había revistas. Debían de haber echado gasolina, porque las llamas eran altas, y luego empezaron a tirar revistas que sacaban de unas cajas, sólo unas pocas por vez. Algunos de ellos cantaban; se acercaron algunos curiosos… La mujer me entregó una de las revistas. En ella vi a una mujer bonita, sin ropa, colgada del cielo raso con una cadena atada a sus manos. La miré con mucho inte­rés. No me asustó. Creí que se estaba columpiando, coma hacía Tarzán con las lianas en la televisión… Arrojé la revista a las llamas. El aire producido por el fuego hizo que se abriera; se soltaron enormes copos de papel y salieron volando por encima de las llamas, lleván­dose las diferentes partes de los cuerpos femeninos y convirtiéndolos en negras cenizas ante mis ojos."



"Ahora caminamos por la misma calle, de a dos y de rojo y ningún hombre nos grita obscenidades, ni nos habla, ni nos toca. Nadie nos silba.
Mientras esperamos en doble fila, se abre la puerta y entran otras dos mujeres, ambas vestidas de rojo y con la toca blanca de las Criadas. Una de ellas está embara­zada; su vientre, bajo las ropas sueltas, sobresale triun­fante. En la sala se produce un movimiento, se oye un susurro, algún suspiro; muy a nuestro pesar, giramos la cabeza descaradamente para ver mejor. Sentimos unos de­seos enormes de tocarla. Para nosotras, ella es una presen­cia mágica, un objeto de envidia y de deseo, de codicia. Ella es como una bandera en la cima de una montaña, la de­mostración de que todavía se puede hacer algo: nosotras también podemos salvarnos."



"Son turistas…Hacía mucho tiempo que no veía mujeres con faldas como éstas. Les llegan exactamente debajo de las rodillas, y por debajo de las faldas se ven sus piernas casi desnudas con esas medias tan finas y llamativas, y los zapatos de tacón alto con las tiras pegadas a los pies como delicados instrumentos de tortura. Ellas se balancean, como si llevaran los pies clavados a unos zancos despare­jos; tienen la espalda arqueada a la altura del talle y las nalgas prominentes. Llevan la cabeza descubierta y el pelo al aire en toda su oscuridad y sexualidad; los labios pinta­dos de rojo, delineando las húmedas cavidades de sus bocas como los garabatos de la pared de un lavabo público de otros tiempos.
Me detengo. Deglen se para junto a mí y comprendo que ella tampoco puede quitarles los ojos de encima a esas mujeres. Nos fascinan y al mismo tiempo nos repugnan. Parece que fueran desnudas. Qué poco tiempo han tarda­do en cambiar nuestra mentalidad con respecto a este tipo de cosas.
Entonces pienso: yo solía vestirme así. Aquello era la libertad.
Occidentalización, solían llamarle."



"Cuando las furgonetas llegan a un puesto de control, les hacen señas para que pasen sin detenerse. Los Guardianes no quieren correr el riesgo de registrar el interior y poner en duda su autoridad. Al margen de lo que piensen.
Si es que piensan, aunque por su expresión es impo­sible saberlo.
Lo más probable es que no piensen en nada promiscuo. Si piensan en un beso, de inmediato deben pensar en los focos que se encienden y en los disparos de fusil. En rea­lidad, piensan en hacer su trabajo, en ascender a la cate­goría de Angeles, tal vez en que les permitan casarse y, si son capaces de alcanzar el poder suficiente y llegan a vie­jos, en que les asignen una Criada sólo para ellos.
El del bigote nos abre la pequeña puerta para peatones, retrocede para hacernos sitio y nosotras pasamos. Sé que mientras avanzamos, estos dos hombres —a los que aún no se les permite tocar a las mujeres— nos observan. Sin embargo, nos tocan con la mirada y yo muevo un poco las caderas y siento el balanceo de la falda amplia. Es como burlarse de alguien desde el otro lado de la valla, o pro­vocar a un perro con un hueso poniéndoselo fuera del alcance, y enseguida me avergüenzo de mi conducta porque nada de esto es culpa de esos hombres, son demasiado jó­venes.
Pronto descubro que en realidad no me avergüenzo. Disfruto con el poder: el poder de un hueso, que no hace nada pero está ahí. Abrigo la esperanza de que lo pasen mal mirándonos y tengan que frotarse contra las barreras, subrepticiamente. Y que luego, por la noche, sufran en los camastros del regimiento. Ahora no tienen ningún desahogo excepto sus propios cuerpos, y eso es un sacrilegio. Ya no hay revistas, ni películas, ni ningún sustituto; sólo yo y mi sombra alejándonos de los dos hombres, que se cuadran rígidamente junto a la barricada mientras observan nues­tras figuras."



"En la sala había reminiscencias de sexo y soledad y expectativa, la expectativa de algo sin forma ni nombre. Recuerdo aquella sensación, el anhelo de algo que siempre estaba a punto de ocurrir y que nunca era lo mismo, como no eran las mismas las manos que sin perder el tiempo nos acariciaban la región lumbar, o se escurrían entre nuestras ropas cuando nos agazapábamos en el aparcamiento o en la sala de la televisión con el aparato enmudecido y las imágenes parpadeando sobre nuestra carne exaltada.
Suspirábamos por el futuro. ¿De dónde sacábamos aquel talento para la insaciabilidad? Flotaba en el aire; y aún se respiraba, como una idea tardía, cuando intentábamos dormir en los catres del ejército dispuestos en fila y separados entre sí para que no pudiéramos hablar."

Margaret Atwood. El cuento de la criada.

lunes, 4 de diciembre de 2017

La copla sale de la garganta de Eva

POEMAS DE MARÍA TERESA ANDRUETO. DE SU LIBRO CLEOFÉ


Un amigo me escribe desde Siria
a Pablo Sigismondi

Un amigo me escribe desde Siria,
dice pronto esta noche infernal
terminará y volveremos a caminar
sobre cadáveres. Recibo su mensaje
en la casa de la hija de otro amigo,
que ha cumplido quince. Somos viejos
los invitados a la fiesta; alguien canta
coplas, cantos cimarrones, montañeses,
que aprendió en los valles calchaquíes.
La mujer se llama Eva y le dedica sus coplas
a la niña que está cabeza baja mirando
el celular. También yo estoy cabeza baja,
tengo otro mensaje desde Siria, fui a
Maalula a ver a mi familia. No puedo
contarle esto a mi madre, este luto, este
dolor, Dios cubra a mi tierra con su manto.
La copla sale de la garganta de Eva, su
falsete es un grito que llega a Siria,
mientras la chica dice dale papá,
pongan música buena, que esto
está muy triste.



Balidos

Balaban las madres
bajo los nubarrones de la víspera,
dóciles, fáciles de guiar. También
yo entré al corral. Ellas desconcertadas,
él con su ojo de águila. Lo vi manotear
a tontas y a locas. Le tocó a la cara
mocha, con algo de corriedale.
Un manotazo al cuero, a la enrulada
lana un manotazo. Después fue
atarle nomás las patas y colgarla
para que desangre. Prepará el mate,
dijo, y yo me distraje para no verla
cabeza abajo, la sangre en tierra,
la baba colgando, los perros
disputándose las tripas, bajo
el agudo balido de las madres.


Sólo escucho a la niña
           
Aprendí mucho de ellas, dice mi hija
por teléfono y comienza a nombrar
a abuelas, madres, tías… en la casa
que queda al pie del cerro, me enseñaron
a bordar, pirograbar, a hacer flores
de papel para los muertos. Me contaron
historias de mujeres, amores de ellas
mismas: alguien le decía mi tusquita,
otro entró a la historia del boxeo,
un cantor cantaba soy del treinta,
un gringo que pasaba por los campos,
una de ellas sedujo a un hombre joven,
otra se olvidó un día del marido,
y otra… las nombro como un mantra,
dice, Francisca, Cleofé, Petrona, Arcadia.
Laureana, Gregoria, Gioconda,
Juana, brotan sus nombres en el teléfono,
mientras la niña tapa con balbuceos
su voz de madre. Y entonces ya no escucho
sino a esa niña que habla con la fuerza
de lo que nace, como debe ser.


Para que fluya

Por el Monte de las Ánimas, va
una madre con sus hijas, llevando
las cenizas de su madre. La que ha muerto
amaba las cascadas, las flores amarillas,
las retamas. Hacia allá la llevan
las tres, hacia el nacimiento
del agua, la esparcen
para que fluya.


El orden natural

La nena no sabía hablar, pero la madre
dijo es esto y esto y le enseñó a la nena
y la nena aprendió.

¿Sabe ahora?
Sí, sabe.

La madre dice ésta es la casa
donde se hacía el guiso, la casa donde
estábamos de fiesta. Y ésta es la belleza
de la casa. La belleza es nomás eso,
nadie sabe para qué sirve,
pero ni a nonna ni a figlia
se le olvida.

La hija se pregunta cómo fue
que pasó todo, la rueda del tiempo,
la vida sin fin y sin principio.

¿Sabe ahora la nena?
Sí, sabe.

Ciao cara, ciao figlia

Ciao, mamma.



Cuenta y cuenta

¿Te gusta ser mujer?
Sí, me gusta. Los varones son mandones, 
pero son buenos.
¿Y las mujeres?
Pienso que son cuenta y cuenta.
Mitad y mitad.
Mitad mandonas y mitad gritonas.
¿A vos te gustaba ser mandona o gritona?
Yo siempre las he respetado.
¿Y a los hombres?
Sí, lo mismo pero con un poco más de miedo.
Lo que tiene eso es que es normal.


Digo, dice

Digo: ¿es una canción?
Dice: Es una paloma, una palabra
hecha mía.


Ya está dicha la pena

¿Quien sos?
La Tere
¿Qué Tere?
La Tere tuya.
Alumbrame que estoy loca.
No estás loca.
Estoy bien loca porque hay que sacarse
la pena. Es mala la pena,
es toda mala.
Sí, es mala.
Ya esta dicha la pena. Es dura.
Sí, es dura.
Cuando veo llorar lloro,
pero no me dejo ver.
¿Querés un poco de agua?
No quiero agua, ni plata ni nada,
quiero amor.

María Teresa Andruetto (Arroyo Cabral, Córdoba, Argentina, 26 de enero de 1954) es una escritora argentina. En el año 2012 recibió el premio Hans Christian Andersen. Publicó las novelas Tama (Alción, 2003), La mujer en cuestión (DeBolsillo, 2009) y Lengua Madre (Mondadori, 2010), las nouvelles Stefano (Sudamericana, 2001), Veladuras (Norma, 2005) y La niña, el corazón y la casa (Sudamericana, 2011), el libro de cuentos Todo movimiento es cacería (Mondadori, 2012), los libros de poemas Palabras al rescoldo (1993), Pavese (1998), Kodak (2001) y Beatriz (2005) en Ediciones Argos,Pavese/Kodak (Del dock, 2008), Tendedero (CILC, 2010) y Sueño Americano (Caballo negro, 2009).


Y hablar Digamos De aquella axila

Poemas de Westonia Murray



Mucho antes de ser trovadora
De mis amores Mucho antes
De haber dejado de enamorarme
En secreto Me propuse
Conocer la temperatura
Que moviera mi cuerpo
En pos de otros
...
No había luz en mis poemas
Salvo para algunos jóvenes
Estaban los poetas iluminados
Que les cantaban a sus mujeres
Estaban los que vivían a la sombra
De los grandes bardos
y nosotras Todavía más atrás
En lugares frescos donde
Unos muchachos nos apantallaban
...
Aunque hubo una época
En que estuve quieta
Viendo lo que tardaba la ropa
En secarse La soga en aligerarse
Fue cuando por la ventana
Miraba por horas y horas
La cosquilla que el viento hacía
En el lugar donde había estado
La axila en la blusa
De Jacqueline
...
Cincuenta años me tomó
Poner sobre la mesa mis amores
Y hablar Digamos De aquella axila
Llega un momento en que una
Debe contarse su vida
Y empezar Por qué no
Por esta o aquella pequeñez
...
Te acordás Te acordás
De los detalles?
Eso es lo que dicen
Estos poemas




Traducción de Tom Marver

martes, 31 de octubre de 2017

Las pequeñas lunas caen, igual que lágrimas

Alrededor de Elizabeth Bishop

Elizabeth Bishop (USA, 1911-1979) es una de las poetas más fascinantes el siglo xx. Citamos este fragmento extraído del libro La reparación de la poesía (Vaso Roto, 2014) que reúne las conferencias que Seamus Heaney diera en la Universidad de Oxford entre 1989 y 1994; y que expresa, de una manera simple y conmovedora, la admiración que Heaney sentía por la capacidad poética de Bishop al tiempo que nos presenta un retrato biográfico de ella:
La escritura de Bishop no tiene nada de espectacular, pero posee una perenne capacidad de transformación. Da la sensación de que se ha hecho justicia a unas circunstancias reales, aun cuando esas circunstancias hayan sido reimaginadas y transformadas en formas de poesía. Bishop nunca concede que los placeres formales del arte atenúen la dura realidad que describen. Por ejemplo, en una de las dos sextinas que compuso, un poema titulado sencillamente «Sextina», las seis palabras que se repiten tienen un origen totalmente doméstico, y la primera impresión es que su función estriba en mantener el poema dentro de unas fronteras emotivas reconfortantes. Casa,abuela, niña, estufa, almanaque, lágrimas. Indican la existencia de un pequeño drama de infancia y vejez, quizá de aprendizaje y rectificación. Una escena prácticamente victoriana. Un decoro interior doméstico, en cualquier caso, tanto en términos espaciales como emocionales. Las palabras que se repiten, en uno de los registros del poema, evocan una situación cotidiana convencional en la que, como es natural, esperamos encontrar un padre y una madre, además de la niña y la abuela. Pero poco a poco se va imponiendo con insistencia una segunda interpretación gracias a las inexorables reiteraciones formales del poema. Poco a poco la repetición de «abuela», «niña» y «casa» nos alerta de una ausencia significativa, la de la madre y la del padre:
      SEXTINA
      La lluvia de septiembre cae sobre la casa.
      Bajo la escasa luz, la anciana abuela
      se sienta en la cocina con la niña
      junto a la Estufa Pequeña Maravilla,
      leyendo el almanaque con sus chistes,
      riendo y hablando para ocultar sus lágrimas.
      Piensa que sus equinocciales lágrimas
      y la lluvia golpeando en el tejado de la casa,
      ambas estaban ya predichas en el almanaque
      aunque esto lo sabe solamente la abuela.
      La tetera de hierro canta sobre la estufa.
      Corta un poco de pan y le dice a la niña:
      es la hora del té. Pero la niña
      vigila las pequeñas, duras lágrimas de la tetera
      que, alocadas, danzan sobre la caliente y negra estufa,
      como debe danzar la lluvia sobre la casa.
      Poniéndose a ordenar, la anciana abuela
      cuelga el ingenioso almanaque
      de su cuerda. El almanaque, parecido a un pájaro,
      queda en el aire, abriéndose, sobre la niña
      en el aire sobre la anciana abuela
      y su taza de té está llena de oscuras, pardas lágrimas.
      Ella se estremece y dice que piensa que la casa
      siente frío y echa más leña en la estufa.
      Fue para ser, dice la Estufa Maravilla.
      Yo sé aquello que sé, dice el almanaque.
      La niña con los lápices de colores dibuja una casa rígida
      y un tortuoso sendero. Después, la niña
      pone un hombre con botones como lágrimas
      y lo muestra a la abuela con orgullo.
      Pero secretamente, mientras la abuela
      está ocupada en los fogones
      de entre las páginas del almanaque
      las pequeñas lunas caen, igual que lágrimas,
      al florido parterre que la niña
      ha dispuesto con cuidado delante de la casa.
      Tiempo de plantar lágrimas, explica el almanaque.
      La abuela canta a la maravillosa estufa
      y la niña dibuja otra inescrutable casa.
(Traducción de D. Sam Abrams y Joan Margarit, Tarragona, Igitur, 2008)        
      SESTINA
      September rain falls on the house.
      In the failing light, the old grandmother
      sits in the kitchen with the child
      beside the Little Marvel Stove,
      reading the jokes from the almanac,
       laughing and talking to hide her tears.
      She thinks that her equinoctial tears
      and the rain that beats on the roof of the house
      were both foretold by the almanac,
      but only known to a grandmother.
      The iron kettle sings on the stove.
      She cuts some bread and says to the child,
       It’s time for tea now; but the child
       is watching the teakettle’s small hard tears
       dance like mad on the hot black stove,
       the way the rain must dance on the house.
       Tidying up, the old grandmother
       hangs up the clever almanac
       on its string. Birdlike, the almanac
       hovers half open above the child,
       hovers above the old grandmother
       and her teacup full of dark brown tears.
       She shivers and says she thinks the house
       feels chilly, and puts more wood in the stove.
       It was to be, says the Marvel Stove.
       I know what I know, says the almanac.
       With crayons the child draws a rigid house
       and a winding pathway. Then the child
       puts in a man with buttons like tears
       and shows it proudly to the grandmother.
        But secretly, while the grandmother
        busies herself about the stove,
        the little moons fall down like tears
        from between the pages of the almanac
        into the flower bed the child
        has carefully placed in the front of the house.
         Time to plant tears, says the almanac.
         The grandmother sings to the marvelous stove
         and the child draws another inscrutable house.