miércoles, 14 de octubre de 2026

Regresamos una y otra vez al centro del fuego

 MI AMADA ESTANQUE AZUL HUERTO CABELLOS


Edgar Bayley




fulgurante viva fluvial origen buscada reencontrada
como un islote un puente una manzana un tatuaje
en la noche hendida en la marmita en la estrella marina
en la mano párpado llamado reflejo de mi amada
en forma de estanque azul
de miel
de estornino
de gota de agua
de cabellos
regresamos una y otra vez al centro del fuego
del dolor
del huerto
la distancia la desgarrada higuera
y eternamente otra y eternamente igual
en la corriente en el llanto
salitre otoño alba rota soledad escondido silencio brisa furia
años sombra desventurado niño simiente
paredes de olvido lluvia y grito y casa
roja estancia andenes
te doblegas te curvas en tu fiebre antigua en tu costado
los dos solos devorando toda noche toda celda
súbito amanecer canal del sueño
lengua que disuelvo en mi silencio en mis dos puertos
tibio cuerpo llegada partida del mar polo irremediable
sin memoria sin nombre
abierto al dios que nos recrea
en cada espasmo de labios azules de piedras azules
en la nuca en la espuma en el purísimo rescoldo
desciendo al día primero a la primera mañana al aviso inicial
por tus ojos por tu boca por tu sexo penetro me despido
pierdo altura razón vidamuerte te tomo me disuelvo
y otra vez te amo soy el día cerca de tus hojas
un río una voz


(de Todo el viento del mundo, Buenos Aires, Grijalbo, 1999)

viernes, 9 de octubre de 2026

De encontrar las palabras y de tocar la carne

 como dedos de plantas suculentas.

¿Te acuerdas del juego de “Quemados”?
¿Te acuerdas de los machucones?
¿Te acuerdas de la electricidad estática?

Cada rostro es, de nuevo, un parpadeo.
Un perro con correa termina por meterse en todas las preguntas adecuadas.

¿Qué es lo que quieres?
¿Qué es lo que tú quieres?

Quisiera, a veces, echar mano de mis propias manos y sacudirme,
y marcarme a mí misma con mis uñas.

Ahora me doy cuenta de que esto, también, es una especie de éxtasis,
una demanda generalizada:

dame algo útil.

Críame.

***

Otro intento por decir algo más sobre Jerusalén

Los vecinos lo enterraron de noche.
Los soldados miraban
desde la calle ahí abajo.
Los soldados sostenían las linternas.
Era hijo suyo.
Vos y yo, que nunca los tuvimos,
atravesamos los haces de luz
camino a casa.

***

Union Square Station

Después de tanto ardor– tanto tratar
de encontrar las palabras y de tocar la carne,
la tibieza de ambas, o tan sólo
una manera de lidiar con sus efectos–,
después de tanto espacio que nos queda
cuando lo buscamos, sin importar si lo encontramos
o no, pienso, parada en la estación desierta
de subte, mientras un chelista solitario
munido de su arco hace que los armónicos
graves retumben por la cueva,
que debe ser deseo esto también:
dirigirse no al músico
(y sin nada de fuego), sino al tren: Sé, lento,
sé lejano. Dejame que me quede
este zumbido visceral
en los pulmones. Obligame a esperar.
No vengas nunca.

Cómo nos apresuramos a llamar "casa"

 

Tres poemas de Robin Myers

En versiones de Ezequiel Zaidenwerg

Tomados de Tener, edición de Audisea, piezas de la poeta y traductora nacida en Nueva York en 1987.

Tomados de Tener, en edición de Audisea, compartimos tres piezas de la poeta y traductora nacida en Nueva York en 1987.

Con traducción de Ezequiel Zaidenwerg. 

 

 

 

En la ciudad, la taza
de las cosas –veredas
y balcones, caños de escape, hiedra,
sogas donde la ropa baila
suelta en el cautiverio
del aire–
se llena alrededor de mí.


Algunos días, el cielo
parece estar tan cerca
que trato de sacármelo de encima
y siento cómo se endurecen
a lo lejos los cerros pelados.

 

 

 

Corta el aliento
cómo nos apresuramos
a llamar “casa”
al lugar donde
dormimos.

 

 

 

 

No hay ser viviente que desee
tan poco como el desierto,
y sin embargo tenga tanto.
No es algo en lo que piense uno cuando piensa
en los seres vivientes,
aunque los alberga a voluntad.
Tiene una voluntad que no es como la nuestra.
Alegrate de eso.