viernes, 9 de octubre de 2026

De encontrar las palabras y de tocar la carne

 como dedos de plantas suculentas.

¿Te acuerdas del juego de “Quemados”?
¿Te acuerdas de los machucones?
¿Te acuerdas de la electricidad estática?

Cada rostro es, de nuevo, un parpadeo.
Un perro con correa termina por meterse en todas las preguntas adecuadas.

¿Qué es lo que quieres?
¿Qué es lo que tú quieres?

Quisiera, a veces, echar mano de mis propias manos y sacudirme,
y marcarme a mí misma con mis uñas.

Ahora me doy cuenta de que esto, también, es una especie de éxtasis,
una demanda generalizada:

dame algo útil.

Críame.

***

Otro intento por decir algo más sobre Jerusalén

Los vecinos lo enterraron de noche.
Los soldados miraban
desde la calle ahí abajo.
Los soldados sostenían las linternas.
Era hijo suyo.
Vos y yo, que nunca los tuvimos,
atravesamos los haces de luz
camino a casa.

***

Union Square Station

Después de tanto ardor– tanto tratar
de encontrar las palabras y de tocar la carne,
la tibieza de ambas, o tan sólo
una manera de lidiar con sus efectos–,
después de tanto espacio que nos queda
cuando lo buscamos, sin importar si lo encontramos
o no, pienso, parada en la estación desierta
de subte, mientras un chelista solitario
munido de su arco hace que los armónicos
graves retumben por la cueva,
que debe ser deseo esto también:
dirigirse no al músico
(y sin nada de fuego), sino al tren: Sé, lento,
sé lejano. Dejame que me quede
este zumbido visceral
en los pulmones. Obligame a esperar.
No vengas nunca.

Cómo nos apresuramos a llamar "casa"

 

Tres poemas de Robin Myers

En versiones de Ezequiel Zaidenwerg

Tomados de Tener, edición de Audisea, piezas de la poeta y traductora nacida en Nueva York en 1987.

Tomados de Tener, en edición de Audisea, compartimos tres piezas de la poeta y traductora nacida en Nueva York en 1987.

Con traducción de Ezequiel Zaidenwerg. 

 

 

 

En la ciudad, la taza
de las cosas –veredas
y balcones, caños de escape, hiedra,
sogas donde la ropa baila
suelta en el cautiverio
del aire–
se llena alrededor de mí.


Algunos días, el cielo
parece estar tan cerca
que trato de sacármelo de encima
y siento cómo se endurecen
a lo lejos los cerros pelados.

 

 

 

Corta el aliento
cómo nos apresuramos
a llamar “casa”
al lugar donde
dormimos.

 

 

 

 

No hay ser viviente que desee
tan poco como el desierto,
y sin embargo tenga tanto.
No es algo en lo que piense uno cuando piensa
en los seres vivientes,
aunque los alberga a voluntad.
Tiene una voluntad que no es como la nuestra.
Alegrate de eso.