Me han cortado el cabello
Cecilia Moscovich
Me han cortado el cabello. ¿Qué haré sin mi cabello?
Mis ojos son tristes, tristes... no sé si es por la falta de cabello
o si realmente estoy triste.
Mi oreja parece una pequeña mano de muerto.
Si me pinto los labios tenuemente tal vez
mi cara no sea tan terrible.
Qué ojos tan tristes. Nunca antes me había dado cuenta
qué tristes son mis ojos. ¿Qué me pasó para que sean tan tristes?
Ay, ¿quién va a querer estos ojos, a cuya vista el corazón se oprime?
¿Quién quiere tener oprimido el corazón?
¡Y sin mi pelo! ¡Sin mi pelo!
Me han cortado el pelo. Los sonidos de mi lengua
se oyen más sin mi pelo, lo juro.
El aliento de mi boca es menos fresco.
Sólo me miro en este espejo y aguardo
que el silencio no aturda mi oreja
que se ve como una pequeña mano de muerto.
No quiero estas ojeras bajo mis ojos diminutos.
Ay, qué tristes mis ojos... ¿qué me han hecho, qué me han hecho
para tener estos ojos?
Mi boca rígida, seria, seria, amarga...Y tan diminuta, qué absurda
y horrible boca ¡no me reconozco en este espejo extraño!
¿Y qué habrán hecho con mi cabello...? Lo busco,
lo busco en el tacho de basura. No está. No está.
No sé dónde estará mi cabello degollado.
Sin mi pelo siento el transcurrir del tiempo como si en vez de aire
el tiempo fueran pasos detenidos y densos sobre mi cráneo indefenso.
Y la noche zumba.
¿Quién me va a querer con esta mirada terrible, terrible,
que no tiene nombre, no tiene nombre,
y esta cabeza diminuta desde donde los muertos saludan?
sábado, 18 de abril de 2020
martes, 7 de abril de 2020
Soledad del lamé: de lo que brilla
EL CIRCO
Néstor Perlongher
soledad del lamé: de lo que brilla
no llora lo que ríe sino apenas la máscara que ríe lo llorado
llorado en lo reído:
lo que atado al corcel, lo que prendido
al garfio
de la soga:
la écuyère: domadora
la que penachos unce por el pelo
prendida a lo que mece: a lo que engarza:
ganchos
alambres
jaulas
animales dorados
a los aros
atados a los haros
halos
aros:
la mujer más obesa, la barbuda:
la de más fuerte toca:
la enganchada
en el aire
en el delirio:
en la burbuja del delirio:
el mago
en sus dos partes:
la que cortada en dos desaparece
y la que festoneada por facones
sangra de corazón: la que cimbréase sin red, la que
desaparece
Néstor Perlongher
soledad del lamé: de lo que brilla
no llora lo que ríe sino apenas la máscara que ríe lo llorado
llorado en lo reído:
lo que atado al corcel, lo que prendido
al garfio
de la soga:
la écuyère: domadora
la que penachos unce por el pelo
prendida a lo que mece: a lo que engarza:
ganchos
alambres
jaulas
animales dorados
a los aros
atados a los haros
halos
aros:
la mujer más obesa, la barbuda:
la de más fuerte toca:
la enganchada
en el aire
en el delirio:
en la burbuja del delirio:
el mago
en sus dos partes:
la que cortada en dos desaparece
y la que festoneada por facones
sangra de corazón: la que cimbréase sin red, la que
desaparece
Aguas aéreas
Treinta años de una joya (1990/2020). Había (y habrá) una vez un libro excepcional que será recordado -y muy justamente valorado- por mucho tiempo: AGUAS AÉREAS (Ediciones Último Reino, 1990), de Néstor PERLONGHER. Con este libro, Néstor alcanza lo que algunos consideran, sus poemas más inquietantes. Algunas palabras tendrán otro significado para siempre: “jaspe”, “leche de goma”, “remolino de nayades”; palabras en contorsión vertiginosa. Volver a este libro aural es un ejercicio de principios. De exceso intensivo, un estado del éxtasis ondulatorio y sagrado. Un perderse en la espesura de los signos, en los vapores ascéticos de la luz y los desplazamientos sutilísimos de la lengua. Poesía chorreante, alucinada. Más allá de las nomenclaturas, PERLONGHER vive.
AGUAS AÉREAS se presentó el martes 3 de diciembre de 1990, a las 21 horas en la Sala “Haroldo Conti” de Liber/Arte, Av. Corrientes 1555, Capital Federal.
Prólogo y contratapa: Reynaldo JIMÉNEZ.
Imagen: Portada de la primera edición, vía Último Reino, sello dirigido por Víctor REDONDO.
Pintura de portada: Pablo AMARINGO.
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martes, 17 de marzo de 2020
Ese susurro de aguas estancadas que destilan a veces los crepúsculos
Olga Orozco
Para este día
Reconozco esta hora.
Es esa que solía llegar enmascarada entre los pliegues de otras horas;
la que de pronto comenzaba a surgir como un oscuro arcángel detrás de la neblina
haciendo retroceder mis bosques encantados,
mis rituales de amor, mi fiesta en la indolencia,
con sólo trazar un signo en el silencio,
con sólo cortar el aire con su mano.
Esa, la de mirada como un vuelo de cuervo y pasos fantasmales,
que venía de lejos con su manto de viaje y las mejillas escarchadas,
y se iba bajando la cabeza, de nuevo hasta tan lejos
que yo buscaba en vano la huella del carruaje en el pasado.
Hora desencarnada,
color de amnesia como dibujada en el vacío del azogue,
igual que una traslúcida figura enviada desde un retablo del olvido.
¿Y era su propio heraldo,
el fondo que se asoma hasta la superficie de la copa,
la anunciación de dar a luz las sombras?
No supe descifrar su profecía,
ese susurro de aguas estancadas que destilan a veces los crepúsculos,
ni logré comprender el torbellino de plumas grises con que me aspiraba
desde un claro de ayer hasta un vago anfiteatro iluminado por lluvias y por lunas,
allá, entre los ventisqueros del irreconocible porvenir;
aquí, donde ahora se instala, maciza como el demonio del advenimiento,
en su sitial de honor en medio de la asamblea de otras horas, pálidas, transparentes,
y me dice que mis bosques son luces extinguidas y aves embalsamadas,
que mi amor era erróneo, como un espejo que se contempla en otro espejo,
que mi fiesta es un cielo replegado en el sudario de mis muertos.
Y se queda esta vez, sin bajar la cabeza.
Para este día
Reconozco esta hora.
Es esa que solía llegar enmascarada entre los pliegues de otras horas;
la que de pronto comenzaba a surgir como un oscuro arcángel detrás de la neblina
haciendo retroceder mis bosques encantados,
mis rituales de amor, mi fiesta en la indolencia,
con sólo trazar un signo en el silencio,
con sólo cortar el aire con su mano.
Esa, la de mirada como un vuelo de cuervo y pasos fantasmales,
que venía de lejos con su manto de viaje y las mejillas escarchadas,
y se iba bajando la cabeza, de nuevo hasta tan lejos
que yo buscaba en vano la huella del carruaje en el pasado.
Hora desencarnada,
color de amnesia como dibujada en el vacío del azogue,
igual que una traslúcida figura enviada desde un retablo del olvido.
¿Y era su propio heraldo,
el fondo que se asoma hasta la superficie de la copa,
la anunciación de dar a luz las sombras?
No supe descifrar su profecía,
ese susurro de aguas estancadas que destilan a veces los crepúsculos,
ni logré comprender el torbellino de plumas grises con que me aspiraba
desde un claro de ayer hasta un vago anfiteatro iluminado por lluvias y por lunas,
allá, entre los ventisqueros del irreconocible porvenir;
aquí, donde ahora se instala, maciza como el demonio del advenimiento,
en su sitial de honor en medio de la asamblea de otras horas, pálidas, transparentes,
y me dice que mis bosques son luces extinguidas y aves embalsamadas,
que mi amor era erróneo, como un espejo que se contempla en otro espejo,
que mi fiesta es un cielo replegado en el sudario de mis muertos.
Y se queda esta vez, sin bajar la cabeza.
domingo, 8 de marzo de 2020
domingo, 2 de febrero de 2020
Ahora puedo decir: esto era la mayor parte de la vida
Julia Uceda: Tres poemas
A Edith Piaf
Te han condenado.
Una oración,
como limosna insuficiente,
ha caído
sobre la tapa de tu féretro.
Te han condenado, Edith,
por no querer ser
la excepción que confirma
la regla. Porque
querías,
tú, gorrión
de la calle, ser
la regla. Porque
intentabas salirte de la calle.
Te han condenado como
si Dios no fuese amor. El dedo
ejemplar
-una uña sucia, como
si lo viera- se alzó
sobre tu frente
y mostró al mundo
que sólo esa limosna- por sí acaso...-
merecías.
De nuevo a la intemperie.
Esta vez " a la calle"
te han dicho.
A la calle amarilla
de los muertos, sin Senas,
sin flores, sin guitarras.
Pero tú, Edith, sonreirás.
Tuviste ya tu infierno
al borde de la cuna: sabes
lo que un niño criado con alcohol.
Edith, mystère Piaf, rezabas
no al morir, al cantar;
y sin saber por qué,
por quién acaso. Ahora
es cuando cantas en la inmensa calle
de Dios, alegremente,
Edith, mystére Piaf.
Carta
La página inundada de silencio.
¿La entiende alguien?
Escribiría: "Oigo
voces de muchos pájaros", o
"Se murió en el olvido", pero
¿lo entiende alguien?
Hábito de silencio,
de voces fragmentadas.
No, probablemente:
mejor ¿informaciones puntuales?,
que se dice.
Y la firma, sin fecha.
El resto del papel, meditando en silencio,
recorrido por la pluma sin tinta,
por la voz de una muda,
se dejará mirar.
Quizá se entienda.
Confesión en negro
Ahora puedo decir: esto era
la mayor parte de la vida. Lamento
sin embargo, aunque no
con excesiva pena,
no haber tenido nunca un dormitorio,
aunque por otra parte,
qué podía yo hacer con tantos muebles
y con tanta madera arrebatada
a aquellas tierras en donde nació...
Fue roja mi primera cama.
Tenía una plaquita, de San José y el Niño,
en el pequeño cabezal.
Recuerdo todavía
a los mayores discutiendo
que su compra era urgente pues la niña
no cabía en la cuna.
Fué peor
no acceder a los libros que, mudos, me llamaban
porque venían y se iban
más lejos cada vez. Igual que mis amigos,
que mis casas, que las viejas butacas,
que los paisajes encontrados.
Quién sabe todavía
en qué casa, en qué cuarto moriré.
Sin embargo, me alegro
de haber tenido, en USA, tres objetos: la boina
de hielo del dolor
de cabeza, el teléfono blanco
-en mi tierra eran negros-
de Mirna Loy, y haber averiguado
lo que desayunaban, en altas copas cristalinas,
las heroínas y los héroes
del cine. Eran pomelos: esa fruta
cuyo amargor no puedo soportar.
¿Y del amor? Punto y aparte.
Los quise. Me quisieron:
todos fueron mis gatos. Y hubo también tres perros.
Lo sé: no ha sido tan terrible.
María Elena mi amor
Estamos invitados a tomar el té, el país de no me acuerdo, la cigarra, sábana y mantel, la chacarera de los gatos. Canción para levantarse!
Canción del jacarandá, Juan poquito, canción del jardinero, Osías, La vaca estudiosa, mono liso, el brujito de gulubu, Manuelita, canción para bañar la luna.
No me decido por una sola, las amo todas y las canto siempre con o sin guitarra.
Vanina Santoro
Asunción de la poesía - María Elena Walsh
I
Yo me nazco, yo misma me levanto,
organizo mi forma y determino
mi cantidad, mi número divino,
mi régimen de paz, mi azar de llanto.
Yo me nazco, yo misma me levanto,
organizo mi forma y determino
mi cantidad, mi número divino,
mi régimen de paz, mi azar de llanto.
Establezco mi origen y termino
porque sí, para nunca, por lo tanto.
Soy lo que se me ocurre cuando canto.
No tengo ganas de tener destino.
porque sí, para nunca, por lo tanto.
Soy lo que se me ocurre cuando canto.
No tengo ganas de tener destino.
Mi corazón estoy elaborando:
ordeno sufrimiento a su medida,
educo al odio y al amor lo mando.
ordeno sufrimiento a su medida,
educo al odio y al amor lo mando.
Me autorizo a morir sólo de vida.
Me olvidarán sin duda, pero cuando
mi enterrado capricho lo decida.
Me olvidarán sin duda, pero cuando
mi enterrado capricho lo decida.
ETERNA MARÍA ELENA.
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