martes, 15 de septiembre de 2020

Alegremente decía: Te amo. Trata de conocerme

 Poeta y pionera del feminismo

Teoría del vuelo: tres poemas de Muriel Rukeyser

 BLOG, POESÍA 

"El universo está hecho de historias, no de átomos", creía Muriel Rukeyser (1913-1980), poeta estadounidense, activista política y pionera del feminismo en los 60', que publicó su primer libro de poemas, Teoría del vuelo, a los 25 años de edad. Aquí, tres poderosas piezas suyas en traducción de Alberto Girri.

Teoría del vuelo: tres poemas de Muriel Rukeyser

Nacida en Nueva York en 1913, Muriel Rukeyser fue una figura clave de su generación poética pero además de los movimientos feministas de la década del 60, con un interés creciente por los problemas generados por la desigualdad social y el racismo a partir de la década del 30. Su activismo, incluso, le costó en cierto momento una estadía en la cárcel.

Escribió su primer libro de poemas con tan sólo 21 años, y lo publicó a los 25: Teoría del vuelo fue aclamado por la crítica.

Tomados de la antología de poetás norteamericanos que Alberto Girri compiló y tradujo en 1969 y publicó por Omeba, aquí van tres de sus poemas.

 

 

Dormida y despierta

 

Dormida y despierta, yo velo.

No he escrito nunca

lo que tengo que decir.

Ningún poema ofrece de mí

mi significado principal:

   he danzado hacia mi denominación

   y danzado a lo lejos.

 

Me muevo ahora a lo largo de mis sueños:

dejan pasar una procesión de

cambiantes imágenes.

Quiero decir el claro

el intrincado lugar del encuentro

de todas las cosas con todos los deseos:

cortados por el riesgo en la raíz

donde es dada cada cosa.

Los descubrimientos del niño,

las voces perdidas, el canto de todos

los que perciben su sentido.

Comienzan a cantar.

 

Mortal, despierta, canto y digo

que todo es inmortal, todo,

salvo la personalidad.

Sí, tu pasión, sí, el tiempo de una flor.

Muévete en todos tus significados,

ve alumbrado por muchos fuegos.

Profundos en los fuegos secretos

 

todos hablan a todos.

 

La vida profunda vive y muere,

varía, canta y canta.

Habla antes de que me duerma,

antes de que las consignas hayan sido dadas,

encuentro mi tiempo, y hablo,

llevada hacia el amor y la música,

música de formas y deseos.

 

 

 

Phaneron

 

Cualquier cosa que vaga en el aire viaja

sobre estos dolores, estas guerras y este bien.

Cualquier cosa que grita y cambia, vive y llega

más allá del umbral de los sentidos; conozco el nombre que traspasa;

en mi silencio, en el frío, avanza el grito del parto.

La sal de estas lágrimas blanquea mis pestañas.

 

Cualquier cosa que surca el cuerpo se transforma en comida:

delante de mi rostro, flores, color que es forma.

Gritos surcan el mar y el aire, se convierten en nacimientos

sobre la tierra sembrada de gente, florida de gente.

Un año se vuelve en su crisis. En su sueño.

 

Cualquier cosa que surca nuestros sueños es nuestra para darla:

el umbral surge y cambia.

Yo doy, yo percibo:

aquí están los dones del día que por fin se eleva;

sangre del deseo, surgimiento de la fe

más allá de nuestra furia y nuestros silencios.

 

 

 

Esfuerzo para entablar un diálogo

 

Habla. Tómame de la mano. ¿Qué eres tú ahora?

Te diré todo. No ocultaré nada.

Cuando yo tenía tres años, un niñito leyó la historia de un conejo

que moría, en la historia, y yo me oculté debajo de una silla;

un conejo rosado: era mi cumpleaños, y la llama de una vela

me quemó dolorosamente en un dedo, y me dijeron que fuera feliz.

 

Oh, trata de conocerme. No soy feliz. Seré sincera:

ahora pienso en velas blancas contra un cielo como música,

como alegres cuernos de caza, y pájaros levantando vuelo, y un brazo rodeándome.

 

Hubo alguien a quien amé, que quería vivir, navegando.

 

Habla. Tómame de la mano. ¿Qué eres tú ahora?

A los nueve años fui gozosamente sentimental,

fluída: y mi tía viuda tocaba Chopin,

y yo inclinaba mi cabeza sobre la madera trabajada y pintada, y lloraba.

Ahora quiero estar a tu lado. Me gustaría

unir de algún modo los minutos de mis días con tus días.

No soy feliz. Seré sincera.

He amado los focos de las esquinas del atardecer, y calmos poemas.

Ha habido temor en mi vida. Algunas veces medito

sobre qué tragedia fue mi vida, realmente.

Tómame de la mano. Aprieta mi mente en el puño de tu mano. ¿Qué eres tú ahora?

A los catorce años tenía sueños suicidas,

y me estaba junto a una alta ventana, al atardecer, esperando la muerte:

si la luz no hubiera disuelto nubes y llanuras en belleza,

si la luz no hubiese transformado ese día, hubiese dado el salto.

 

Soy desdichada. Estoy sola. Háblame.

 

Seré sincera. Creo que él nunca me amó:

amaba las playas luminosas, los labios de espuma

sobre las pequeñas olas, amaba el vuelo de las gaviotas.

Alegremente decía: Te amo. Trata de conocerme.

 

¿Qué eres tú ahora? Si pudiéramos tocarnos,

si estas nuestras separadas entidades pudieran estrecharse,

compenetrarse como las piezas de un rompecabezas chino... ayer

me encontré en una calle atestada, viva de gente,

y nadie decía una palabra, y la mañana brillaba.

Todos, en silencio, en movimiento... Tómame de la mano. Háblame.

 

jueves, 10 de septiembre de 2020

Vuelves a casa con tus dones mutantes

 PERRO DE HUESO (Bonedog)

(El poema de la peli Pensando en el final. Del poemario 'Rotten Perfect Mouth', de la canadiense Eva H.D)
"Volver a casa es terrible...
tanto si los perros te lamen la cara o no,
tanto si te espera una esposa
o sólo una soledad con forma de esposa.
Volver a casa
es terriblemente solitario...
y piensas con cariño
en la opresiva presión barométrica
del lugar de donde acabas de llegar,
porque todo es peor cuando estás en casa.
Piensas con nostalgia en los bichos
que se aferran a las plantas...
las largas horas en el camino,
la asistencia de carretera y los helados,
las formas peculiares de ciertas nubes
y los silencios,
porque no querías regresar.
es horrible.
Y los silencios
y las nubes propias de tu hogar
no hacen más
que agudizar el malestar general.
Las nubes, como tales, son sospechosas.
No están hechas del mismo material
que las que dejaste.
Tú mismo fuiste cortado
de una tela turbia y distinta.
Devuelto, descartado,
despreciado por la luna,
infeliz por regresar,
estancado en los lugares equivocados.
Con tu traje roñoso,
raído como trapo viejo, gastado.
Regresas a casa...
como a otro planeta, ajeno.
La fuerza gravitacional de la Tierra
se ha duplicado,
hace que arrastres los cordones desatados
y los hombros,
esculpe la estrofa de la angustia
en tu frente.
Vuelves a casa más profundo,
un pozo seco ligado al mañana
por una frágil hebra de...
Da igual.
Suspiras ante la embestida
de días idénticos,
uno a la vez, para el caso.
Bueno...
da igual, volviste.
El sol sube y baja como una puta cansada.
El clima, inmóvil como un miembro roto
mientras envejeces sin pausa.
Nada se mueve, excepto
las cambiantes mareas de sal en tu cuerpo.
Tu visión se nubla,
llevas tu clima contigo.
La gran ballena azul,
una oscuridad esquelética.
Regresas...
con visión de rayos X,
tus ojos están hambrientos.
Vuelves a casa con tus dones mutantes,
a una casa de hueso.
Todo lo que ves ahora,
todo...
es hueso".

martes, 8 de septiembre de 2020

Joder el árbol es un ventrílocuo: sisea pequeños mugiditos de sol

 


Monolito XVIII edición conmemorativa tres años te presenta la colaboración poética de Jesús Bartolo, poeta mexicano.

*“Sí, nací en Atoyac de Álvarez Guerrero, el 24 de agosto de 1970. Los años setenta fueron años convulsos y que desde ya, marcaron mi vida para siempre. El ambiente cultural no se palpaba, al menos no para la mayoría, no existían referentes literarios en el terruño y mucho menos una tradición literaria en la cual abrevar. Las publicaciones vinieron primeramente en un muro en la Escuela de Ciencias Sociales, con dos locos igual que yo: Oscar Basave y Citlali Guerrero, que se llamaba Idea Azul y que solo duró tres ediciones; después fuimos absorbidos por un grupo que también hacia un periódico mural llamado Muro de los lamentos, mismo que fue pionero en Guerrero de las primeras páginas literarias serias: Pata de perro, que después derivó en Hoja de obsidiana y El Sol de Acapulco, que duraron algunos años. Este mismo grupo fue el que con sus limitaciones logró mover la cultura, de algún modo”.

Jesús Bartolo

I
Tiempo, paciencia y las palabras maduran para ser escritas. Escribir con vocablos verdes o tiernos, arruina la cosecha.  La oración se pudre en el primer intento de eternidad y el ritmo en el verso se pandea. La palabra como el mango que se moja, si no se fumiga antes de la lluvia, se agusana. La caligrafía se detiene porque la sílaba sufre en la vocal anemia. Ánimo, aunque el lenguaje se nos pudre de la idea al trazo, hay que destetarlo, alguna frase podrá respirar por si sola.

II
De la teta del alfabeto de que otro lado sin ladera se puede mamar este palabrerío. Cielo del silabario aquí los derrotados se agarrotan. Dejo que el abecedario beba en mi cerveza. Le injerto a la “a” una “t” y lo que sale de ahí, galopa. Es el día 3 de abril de 2014, son las cinco menos dos p.m. una pila de libros se amontona en el escritorio, confieso que solo he ojeado algunos, pero sólo miro glifos descafeinados. Un ron con cítricos apetece la lengua. Una palabra cromática de olores que despierte en lo profundo de la garganta y busque el hueco de la boca para ser escupida. Cortarles la lengua a las vocales para que engorde el sonido en su interior. También caparles el silencio. Castradas y mudas escribirlas.

III
Inoído: un termitero el close up de su alma: flemas y un carraspeo como vísceras de algodón. Un ramo de palabras secas: huesitos de pollo con los que juega a tajar el aire. Cataléptico el viento: cachola del revés, abultado el vientre. Joder el árbol es un ventrílocuo: sisea pequeños mugiditos de sol. A la sombra pájaros citadinos mimetizan su canto con las hojas ojos del follaje. De ver miro: clausula única: el tiempo, ni para dónde ir, el contrato está firmado: a quién le sirve un tallo con hormigas, la dulce panza de un gusano ahíto. De mirar veo: mi alma gemela se deschaveta: ahí el eclipse es un jolgorio: la sombra del ramaje permanece renga. Inoído: alejo el zoom: agripado el cielo cuenta una adivinanza: canta el gallo de la lengua una apetencia, el ámbar de la botella refracta la luz y suda. Sudo a la fronda: un galimatías se acorruca en mi mente. 

IV
Gorjéame palabra: gorjéame: quítame la tentación de la chapuza, escóndeme de la lengua fácil, obstruye mi flaqueza de lanzarme a la mar de las letras donde pontifica el ukulele falso y la gaita hechiza. Trina palabra: jódeme la penumbra: lumbrarada de los ciegos que atiborran en letras de molde las páginas a modo y de moda. Rabia palabra: muerde lo soporífero: soberbia de los creadores: desgárralo.  Canta palabra en esto seco, inmóvil, cotidiano y descolorido. Barrúntame palabra: árido, sin nombre: despostilla el hueco en el que mi mano se mueve: llena este vacío de mi corazón que se evapora: mátame pues, antes de que un verso tome el camino de un buen o mal poema y me llamen “poeta”.


Da clic en el siguiente enlace para ir a más poemas (págs. 87 a 113):



La poesía está en la mordida

 


Jesús Bartolo, de México

 

   Textos poéticos enviados por Jesús Bartolo, de Tecámac, Estado de México.

   El autor cuenta con publicaciones en Archivo Garrobo:

   https://archivogarrobo.wordpress.com/author/archivogarrobo/

 

Alguien llama no a la puerta, sino al teléfono, detiene mi gusto por pelar una mandarina, lo dejo sonar dos, tres veces, es absurdo contestar cuando estás a punto de saborear algo. Repiquetea dos veces más mientras termino de quitar la cáscara a los gajos, la pulpa se mira fresca, jugosa, se pierde la llamada; en mi boca una oleada de saliva se conglomera contra mis dientes. A punto de morder la textura del cítrico, suena nuevamente con insistencia el aparatejo, me resisto a contestar, pero si no lo hago no podré degustar con parsimonia la suculenta pulpa. Alguien llama para preguntar no sé qué, de no sé qué año. No recuerdo qué sucedió ese año, me disculpo. Cuelgo, caigo en la cuenta que mi memoria tiene huecos por donde se me ha ido la vida. Muerdo el gajo, en todo lo demás no hay poesía, me digo, la poesía está en la mordida, en el zumo que inunda mis papilas.

 

 --

 

Ve con dios, con el diablo o con la virgen, pero ve. Ándate por la sombra de los almendros para que el mediodía no te bulla, el calor no te fermente el ánimo. Verás, cuando llegues al viejo tamarindo, los que nos quedamos atrás seremos cacharros, tiliches inservibles, humo de bonote esfumándose de tu corazón. déjate de mariconadas, despídete. Mi bendición sólo te acompañará de aquí al último mango del camino. Después seremos dos extraños. Antes, tómate una cerveza, porque en ningún lugar al que vayas te sabrá como ésta. Luego, ya no desandes el camino, pendientes siempre quedan, ni siquiera mires con nostalgia hacia atrás. Vete, pues, a que tus huesos se oxiden por otros lares, a que tu memoria se llene de otras tierras, a que tu lengua pruebe otros sabores, a que la vida te rompa el lomo, dijo mi madre y se puso a morir más despacio que yo.

Aprendí a dejar las luces encendidas

 

2 poemas de Brenda Ríos

 

LA LUZ

cuando padre murió
aprendí a dejar las luces encendidas
de cada cuarto
aun si no fuera a entrar por horas
dejé de cuidar el dinero
y lo tiraba por ahí en objetos innecesarios
son tan bellos
justo esos
los que no sirven de nada
una alfombra de piel de conejo cuesta una fortuna
juegos de sábanas estampadas
toallas finas
porcelana azul y blanco, detalles dorados
cubiertos de acero inoxidable con mangos de madera:
una delicia
un frutero de cristal sólido
cosas
muchas cosas
llené la casa de cosas que nunca habría aprobado padre
tan austero
cerrado en gesto mitad asombro mitad rictus
de niño no aprendió a sonreir
decir gracias
no lo tocaron mucho, sus padres
su mayor gesticulación del amor
era poner su mano de basquetbolista en la cabeza
él creía que con eso decía todo
pero no

la casa es, pues, la más iluminada de la cuadra
se ve a lo lejos
como un rostro encendido de rubor
un sol naciente
un túnel de conexión en el aeropuerto
una sala de hospital vamos
donde nada puede ser colocado a oscuras
ni los cuerpos
ni los bisturís
ni esas madrecitas rezando en la sala de espera

en un hospital uno encuentra a Dios
en esas máquinas de café malo y triste pero hirviente
uno encuentra a Dios
en los dobles turnos de enfermeras alimentadas de carbohidratos y grasas
ay
hay granjas de cerdos mejor nutridas que ellas
sus ojos
necesitan toda la luz posible
y yo se las envío
desde la sala de mi casa
desde mi cocina
desde el cuarto solo al final del pasillo
desde todos los rincones con focos
les mando esta luz auténtica, luz de whats
de presencias amarilloblancuzcas
les mando esta luz con el amor invisible
de lo que no se dice
de los objetos
de las palabras
para llenar sus ojos a toda hora, día o noche,
en el mayor cansancio,
que tengan luz esas pobres mujeres
que reciben cuerpos destinados a morir
y ellas ahí, técnicas, limpias,
eficientes;
les mando esta luz de vida
luz artificial
como el tiempo en que nos toca estar
dispuestos
mirando los objetos más dóciles e inútiles
mirando con la capacidad de ver
nunca es tarde para decir gracias
qué tiempo hace, ¿no cree?
deberíamos considerar mudarnos a otra parte
pero -sabe? uno es animal de pocos hábitos
y uno es animal fiel
una estampa pegada en el álbum de fotos
si nos despegan queda la marca añeja del adhesivo
donde estaba nuestro rostro

 

 

COSAS QUE HIERVEN

no tuve hijos
tampoco duré más de cuatro meses en un empleo;
cansancio por lo mecánico
justificaba.
lo de los hijos parecía algo así:
el acto de cuidar no es para todos
y hay que cuidar por mucho tiempo
aun si uno tiene hambre o sueño
hay que cuidar

me senté en la arena hirviente a mirar el mar
eso hice. eso hice mucho, mucho tiempo.
al caer la tarde llegaba a casa y listo,
tomaba un café hirviente
un sandwich plano
y miraba algo en la tele antes de dormir.

la vida pasa, me decían.
mientras sudaba a mares mirando el mar
agua que regresa ahí mismo
perdía peso mirando el mar
el calor es un hijo propio

las barcas de los pescadores están a unos 300 metros
de la orilla y ellos también contemplan el mar
esperan
y con esa espera llegará el alimento

días, noches, días, noches
hermosas y repetitivas
como rutinas de oficina

incluso hay sombras de ojos que asemejan el color del mar
o de una alberca
colores para labios como puestas de sol rojizas
eso lo saben las secretarias, aun las de nuevo ingreso:
traen un mar en la cara, una puesta de sol tímida:
sirenas sonrientes, conocedoras de atajos administrativos
sonríen, sonríen, mastican con la boca abierta
así, hasta que se jubilan,
y se irán a pasar su tiempo de abuelas
limpias de la cara
en casa, haciendo los complicados guisos que el trabajo no les permitía hacer;

miro el mar y él me mira de vuelta
podemos estar así horas
nos gustamos, nos caemos bien
no tenemos que hablar
sólo vernos
comprender que su cuerpo está ahí hecho de agua
justo, cierto, extenso, como el mío
y ambos hervimos, como agua para té,
a punto de hacer explotar la tapa de la olla.

 

del libro La luz artificial de las cosas, próxima aparición.

 

 

_______________________________________________________

Brenda Ríos (Acapulco, Gro, México, 1975). Escritora y tallerista. Es autora de nueve libros de poesía, crónica y ensayo.  Ha recibido el Premio Estatal de Poesía María Luisa Ocampo y el Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano. Es miembro de PEN México y colaboradora de la revista Casa del Tiempo. Entre sus libros más recientes están: Aspiraciones de la clase media (España, 2018); Cubo de Rubik, (México, 2018); La sexta casa (México, 2018).

viernes, 4 de septiembre de 2020

Tiembla la pulpa campestre del polen de los surcos

 

Poema "Matinas" de Gamaliel Churata, seudónimo de Arturo Peralta Miranda (1897-1969).
El trabajo madrugador del campesino puneño.
Por: Gonzalo Valdivia Dávila.
Texto del poema:
MATINAS
tiembla la pulpa campestre
del polen de los surcos
y de la médula del viento
el aire pule con amor
el cerro dulce
se abraza en el rumor de los trigos maduros
perfume silvestre
danza pastoril
el árbol preñez de canto
OH ANDINO SABOR DE FRUTA
CANCIÓN DESVANECIDA EN ÉXTASIS
¡Cómo se astillan el pedernal y el alma
en el efluvio que amanece!
MATINAS
Castidad de la madrugada
en el fogón y la escarcha.
Con el potro relincha
el corazón de la montaña.
En la leche blanca
de la vaca bermeja
me bebo a sorbos la mañana.
(***) Se puede tratar de 2 poemas de este vate, pero parece que el sentido se continúa tanto como el mensaje.
Esta es una versión de internet, la cual contenía a mi parecer la errata "el cero dulce", que he cambiado por "cerro" para conservar el sema del paisaje del altiplano peruano.
Pido disculpas porque no encontré el libro o poemario de esta
composición lírica.
Análisis:
Arturo Peralta Miranda (1897-1969), poeta bajo el seudónimo de Gamaliel Churata es conocido por fundar el grupo literario Orkopata de Puno, ciudad donde desarrolló gran parte de su labor artística e intelectual.
El poema "Matinas" tiene del indigenismo peruano el afán por recuperar y transmitir la belleza del paisaje andino, pero aun más que eso, de humanizar ese escenario en la lírica.
Para este objetivo, el yo poético se vuelve campesino desde el inicio, al compartir el cuadro de su entorno. Además, la cosmovisión andina está presente en la forma cómo los elementos tratan gentilmente al campo que ha sido apropiado por labriegos y pastores:
"el aire pule con amor
el cerro dulce"
De estos 2 versos vemos que la naturaleza no se halla en conflicto, mientras en poemas o relatos de reivindicación social
de este movimiento, el desequilibrio introducido por el abuso del hombre puede atraer el Uno Pachacuti o cataclismo del mundo social, cultural y espacial andino.
El amor disuelve el riesgo de la tragedia, pues todo canta un orden dinámico y estético, pero no estático pues se alaba el trabajo. Aquí, la labor agrícola antecede a la "vida cotidiana", porque los agricultores se han adelantado a la jornada que empieza en el amanecer.
Como contra ejemplo, un orden estático existe en el poema del
español Jorge Guillén, "Las doce en el reloj", pues allí el fin es la contemplación y meditación del yo poético de un remanso de paz que le otorga una única sensación de quietud.
A Churata lo califican de vanguardista y entre esos juicios coincido con el de mi profesor Ricardo González Vigil, quien lo califica también de surrealista.
Veo el surrealismo en el manejo de la sinestesia, empezando por el color, fragancia y sonidos de la comunidad y su paisaje. El canto vernacular está contenido en tres versos (en metonimia):
"el árbol preñez de canto
OH ANDINO SABOR DE FRUTA
CANCIÓN DESVANECIDA EN ÉXTASIS"
Sí hay contemplación y esto logra la sinestesia, pues las imágenes del agro y del cuidado del trabajo de los campesinos
acuden a nuestra mente, mientras nos invitan a contemplar la
fruta y el folclore junto a los personajes del poema.
Completa la sinestesia esa transposición de gustos y colores, ya que la leche blanca de la vaca bermeja refleja el azul del cielo serrano y el brillo de la luz del sol, en este momento de plenitud de éxtasis y celebración:
"En la leche blanca
de la vaca bermeja
me bebo a sorbos la mañana."
Finalmente como poema surrealista, el texto artístico confunde el sueño y la vigilia, en las imágenes líricas de los indios trabajando desde la madrugada mientras sus paisanos, quienes no son agricultores, duermen en el pueblo.
Estos dos espacios o realidades del campesinado y la urbe puneña, quien es destinataria de la fruta y otros alimentos que se
prepara antes del alba, son separados en dos momentos que se
harán intercambiables: unos los viven y otros los sueñan, pero todos son deudores de este trabajo bondadoso, incluso los lectores, si se ponen a pensar en cómo llegan estos productos a sus mesas.
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