miércoles, 30 de noviembre de 2022

Pero no es la luna — es el poema

 Teresa Arijón

DOS POEMAS
.....
En el fondo de un pozo
cuya boca ha sido tapada desde afuera
sin un resquicio que permita la entrada de la luz
un hombre, solo, con una botella de agua.
Debe meditar, si puede, sobre la impermanencia de las cosas
pero en cambio elige adivinarse las uñas de los pies.
Ha fracasado en todo: ni el amor,
ni la pura poesía en estado salvaje,
ni el ideal paupérrimo de una vida dedicada al arte.
Tiene cuarenta años y no puede mirar hacia adelante,
tampoco hacia atrás. (El pasado
es una cortina de humo sobre todas las cosas;
su sola noción opaca los usos del presente,
en cierto modo lo desanda.)
En el fondo del pozo, el hombre,
que es chino y está a punto de morir pero no (y él lo sabe),
imagina que enciende un fósforo;
siente en la yema de los dedos la aspereza
de la pólvora: el fulgor repentino que lo fascinó en su infancia
es ahora, en el pozo, un sueño sin dimensión.
(Un fantasma sin cara, él mismo sin su aspecto.)
En el fondo del pozo el hombre podría ser cualquiera,
sumirse en la historia colectiva como quien cava una fosa común.
Ser víctima o verdugo: ha perdido los límites. Desconoce
el peso permanente que arrastra sobre sí.
Él quisiera dejarse deslizar por la vía más fácil:
hacer de sus sentidos afilados un aquí y un ahora.
Pero sólo conoce aquello que lo espera: el hambre, la sed.
Como un monje suicida o destinado a la automomificación,
el hombre —que antes tuvo una esposa, a la que amaba—
querría tener ahora, en el pozo, una campana.
Una campana de tañido minúsculo para anunciar que todavía sigue vivo.
En sus horas de miedo dice palabras sueltas, destajos de un poema
que no sabe o no quiere recordar.
Pasa la yema del pulgar por los labios resecos.
Supone que sería más fácil dejar de respirar.
En el fondo del pozo el hombre quisiera ser juez de su propia vida
e inclinar el platillo hacia el lado de los inocentes,
los que sin más que su paciencia resignada esperan
las tramas infinitas.
Pero sabe que de algún modo es culpable
de estar allí sentado, solo,
en la extrema oscuridad.
------------------------------------
la palabra trueno vuelve
a vibrar entre las hojas
como un volcán
como el océano
se estrella contra la frente de quien
sin pensarlo pero a sabiendas
vino a dejar sus pasos —
la huella de sus pasos
aquí
en esta orilla
¿dónde la otra?
¿en qué extremo de mar, cuál finisterre
se yergue como abismo
centella
cierzo
ciertamente sola
la arena
que habrá de recibir
ese rastro
como si fuera
el comienzo de algo?
me pide que escriba un poema
y no es
como si me pidiera la luna
si me pidiera la luna
en una noche de dedos rosados y sutiles
quizá podría recortarla contra el cielo
y dársela
pero no es la luna —
es el poema
esa materia negra
que desciende
frágil
cuando el segundo
el último
la vida
el aliento
se desprende
pero no es la luna —
es el poema
y yo
que nunca supe escribir
otra cosa que las letras enlazadas de un nombre
¿el mío? ¿el suyo?
yo que estaba en medio de las cosas
como un obstáculo
una mancha
un montículo
no sé cómo reunir las ovejas del alado rebaño —
las pléyades —
para volver a cantar
No hay ninguna descripción de la foto disponible.
Tú, Mercedes Araujo, Alejandra Mendez Bujonok y 54 personas más
16 veces compartida
Me encanta
Me encanta
Comentar
Compartir

Eventos

VIE., 11 NOV. 2011
75 personas interesadas · Espacio LTK en Villa Crespo, Distrito Federal, Argentina

Río que Hokusai pudo haber pintado, Kawabata descripto y Mishima incendiado

 

5 poemas de Teresa Arijón

7
5 poemas de Teresa Arijón

Foto: Bárbara Belloc.

Nacida en Buenos Aires en 1960, Teresa Arijón es una figura esencial para comprender el panorama poético de su país en la actualidad, bien como autora bien como promotora del diálogo entre diversas tradiciones y la puesta en marcha de múltiples proyectos entre países en relación a la poesía. Viene de publicar en España, en el seno de la editorial Lumen, el libro La mujer pintada

Hoy, en Zenda, compartimos una selección de cinco poemas suyos, un cóctel de textos publicados e inéditos.

***

Gary Snyder

Rastro de conejos
rastro de ciervos ¿qué sabemos?
¿Qué sabemos en la noche helada
bajo los pinos,
recitando el poema de Leopardi
con memoria vaga, viendo
las estrellas limpísimas que acaso
anuncian la aurora boreal?
Rastro de osos
rastro de linces ¿qué sabemos?
¿Qué sabemos cuando la nieve quieta cubre los vidrios
y sólo se oye el sonido del cielo, afuera, lejos?
Rastro de alces
rastro de nutrias ¿qué sabemos?
¿Qué sabemos a la mañana siguiente, en cuclillas,
contemplando el lago donde el zorro se mojó la cola
sólo para demostrarnos que hay cierta verdad
en las palabras?

***

Museo del Oro – San José de Costa Rica

la corona de plumas del indio
¿se resguarda en el cuerpo del halcón,
del tucán, del águila mora?
la ventura animada de su voz
¿está en el viento?
los árboles que el poeta feroz hachaba
¿tocones mudos, constelaciones?
la escala métrica, metálica
¿desmedida, destartalada?
la lluvia en el bosque lluvioso no redunda,
es oro en estas piedras,
oro arrasado que dibujó formas animales en la protohistoria
y hoy reposa en vitrinas de museo —
murciélagos, ranas de patas traseras
prodigiosas que largan fuego o agua o algas por sus bocas,
sucesión de mariposas atrapadas en vuelo inocurrido, serpientes
que inoculan su veneno  —que es su sabiduría— al chamán
que parece una rana porque también
lanza fuego o agua o algas por la boca.
la tierra es una esfera de doble cara —
una para los vivos, otra para los muertos.
hay más de un universo, dice alguien,
y las iglesias sucumben porque
¿habría entonces más de un cielo?
pero el paraíso no tiene retorno, ni contorno:
es fruto y hurto de la imaginación.
¿y las flores? rojas, salvajes, fabulosas con la enormidad del rayo
tientan por igual a colibríes y monos
y ninguna especie triunfa sobre ellas
ni sobre el agua.
el Mar Caribe, que esconde tanta sangre en sus fosas
como el bandido Mi Sangre en su pechera,
algún día se llevará esta orilla
y esta selva
hacia el fondo
donde habitan las criaturas fantásticas inaccesibles
las del azul únic
y el naranja fosforescente
que reflejan
el color del cielo cruzado por el sol
o el de una naranja
que todavía cuelga
de un árbol
mientras las flores
que son azahares
perfuman el aire caliente
y alguien —¿quién?— pasa en bicicleta
y deja la marca de las ruedas
en la tierra húmeda

***

Selva sin luna

En la selva no hay luna. No la veré.
No la veremos. Ella vendrá cuando nos hayamos ido.
Pero ¿quiénes somos? ¿qué?
La lluvia traza su rastro en los senderos
siempre húmedos, tapados de hojas blandas que se pudren –
curvas, planas, perfectas.
Nosotras ¿quiénes somos? ¿qué?
Un parpadeo en la noche de un dios.
Un animal que corre entre la bruma.
El canto de los otros, que desconocemos.
El silencio después.
Todo se queda aquí.
Todo está aquí.
Todo respira.

***

Río Arashiyama

De espaldas a los comensales
de frente a las ollas
donde el aceite bulle y borbotea
las mujeres preparan delicias humildes.
Parecen un ejército, una colmena, una grey.
El sonido ardiente del aceite
que mece y quema, construye
desde los cimientos –el sol naciente–
un imperio.
Las bases del imperio
están aquí, en esta cocina junto al río de los botes azules.
Río que Hokusai pudo haber pintado, Kawabata descripto
y Mishima incendiado.
Pero la raíz del imperio –el sol naciente– está aquí.
En esta afanosa cocina bajo el cielo, a orillas del agua.
Metódica, civilizada.
Creciente como la luna crecerá esta noche
hasta dejar su estela temblorosa sobre el río.

***

si fuera hombre usaría
la navaja de mi abuelo para afeitarme —
rozaría lentamente el hueco del mentón,
trazaría los ángulos del rostro con precisión de esteta.
Ha de ser un magnífico ejercicio de conciencia y de pulso
mirarse cada día al espejo,
navaja en mano.