viernes, 29 de septiembre de 2023

A toda casa se ingresa siempre a través del cuerpo

 

5 poemas de Materia, de Yolanda Castaño

5 poemas de Materia, de Yolanda Castaño

Yolanda Castaño escribe exclusivamente en lengua gallega, pero luego se traduce ella misma al castellano. Y eso es lo que ha hecho con Materia, un poemario en edición bilingüe en el que, como dice Ana Romaní, habla de “las hijas y sus espesores, las horas cargadas de ADN, el clan y las torgas de la sangre, la familia y sus ortodoxias, las moneditas de plástico de ese amor…”.

En Zenda ofrecemos cinco poemas de Materia (Visor), de Yolanda Castaño.

***

PRIMERA CASA

Todo lo que fui olvidando
lo recuerda mi cuerpo por mí.

El pozo, el túnel, el
botón de arranque.
Pura demo(n)stración.

La unidad familiar comienza con el ruido de un cuerpo.

Con ellos tengo este puente y su lenguaje secreto.
Nada más sabio hay que sus brincos y maullidos,
la espuma de sus olas ilumina nuestros pies.

En cuanto mis caderas avanzan por esa casa
la derecha masca la pertenencia,
la izquierda aprende a refundarse.
Las líneas de mi frente hacen      todo lo contrario,
riega el vientre la flor de la división.

A toda casa se ingresa siempre a través del cuerpo.

Qué más quisieras que un poema se escribiese con estos dedos
capaces de ir y pulsar teclas tan altas.

Umbral, resorte, código.
No con la inteligencia, ahora.
Con las manos.

***

ICEBERG

Cómo mirar de nuevo
si aun cuando me froto los ojos
me salen a veces los tuyos.

La mandíbula del horizonte se llena como un vaso.

Crecer fue ir por ti
y volver más tarde por mí misma.

Un pez oscuro visitaba nuestra casa,
nosotros nunca llegamos a verlo.
Tú lo cocías y comías por las noches
y al día siguiente solo quedaban raspas.
Arpas de madreperla de las que arrancábamos notas.

Me aprendiste de memoria
y si me expulso de mí tu casa siempre está abierta.

Tus labios no se me ven porque los llevo maquillados.
A veces me los perfilo con colores infrecuentes
para que no se les puedan escuchar las mismas cosas.
Siete octavos, permafrost.
Me eres en el silencio compacto del subsuelo.

Una linterna alumbrando
de mí hacia mí todas las idas y venidas.

Y por eso, cómo apoyar los pies
si se fundiese lo invisible.
Cómo del hilo que arranco
tejer un nuevo relato.

Siete octavos, permafrost, mamá.

Mi aliento tiene que ver contigo
como esta voz y el lenguaje.

***

ORTODOXIA

Este en el que ahora entras es el templo de la familia,
donde las ideas se transfiguran en creencias
bajo la cúpula de la ortodoxia.

En su arca nos aferramos de las manos
mientras la débil iluminación nos adormece.

Un niño es una piedra,
una roca imponente clavada en el piso.

Abanicos de serafín. Las reliquias de la doctrina.

Docenas de rostros nos contemplan sin vernos;
los observamos nosotros:
los muertos, los borrados, a veces también los futuros,
todos igual de bidimensionales.

Estamos en las creencias de esta casa como está
el brocado en la cortina.

En el ángulo vago del campo de visión
las paredes tiznadas de hagiografía.
Si tengo alguien a quien cuidar
podré por fin abandonarme.

En ese cofrecito los últimos deseos
del buen y el mal ladrón. Un travesaño inclinado.

Esta es la capilla de la custodia,
su liturgia impermeable como una funda.
La madre y el hijo
negocian su poder con moneditas de plástico.

Siempre ha habido líquidos más espesos que la sangre.

Sobre la puerta de salida:
la dormición de esa virgen.

***

EL PESO DE LA INGRÁVIDA

Este es el peso que aún soporta la ingrávida.

Pero me destejo de tu tiempo y se elevan mis pies.
El rostro del deseo en mí: un feto que no prospera.
Renuncio a un peso que no pedí prestado
y no prepararé un perdón como pañales.

Esto es algo que no concibo.

Recóndita hija mía:
tu futuro queda atrás.

***

SUSPENDIDA

Tan pronto el animal de la noche se aparea con el planeta,
puedo aventurar cuanto hubiera podido ser.

Una nación de pájaros estará del otro lado
si te embarcas en ser por fin esa emigrante.
Sí —digo yo— y no regresaré ya nunca
a las costas doradas de mi precario país.

Contempla ahora el pecho que no irá a reproducirse.

En algún lugar, alguna esfera,
tal vez estés andando, hija, con la niña que fui y que se murió.
Tal vez Jizō y los niños del agua
vayan de la mano caminando contigo.
Solo tú vagas detrás del tiempo y no logras encontrarme.
Vana y perenne, esfera quieta;
miles de seres no nacidos buscan
entre las sombras los senos de sus madres.
Avanzan entre la niebla con los ojos encendidos,
bracean en lo oscuro, preguntan en voz alta.
Pero tú no me encuentras, hija mía.

No puedo imitar mis eles para hacerte las pestañas,
ni un punto y seguido para ponerte un lunar.
Mis poemas no me tiran del jersey,
ni me levantarán de madrugada presas del pánico.

Y mi pobre país y sus costas doradas.

Tu rostro se derrumba como a cámara lenta,
llevas derrumbándote desde que tengo diecisiete.
Te voy desabotonando los músculos,
destrenzando tus tejidos.

Hija, hija mía: no puedo cargarte en mi regazo.

Quédate donde estás, sigue tranquila.
Bajando la escalera de las líneas de este poema,
apenas en la voz hilvanada en este verso,
le hablaré incluso muerta a una tú no nacida.
Voy destejiendo tus rasgos,
fibra a fibra desanudo,
y hago para ti una esfera donde nada puede herirnos.

Deja de caminar y duerme, que allí nos encontraremos.
Nada tengo y nada pido.
Un fulgor inasible y luego nada.

—————————————

Autora: Yolanda Castaño. Título: Materia. Editorial: Visor. Venta: Todos tus librosAmazonFnac y Casa del Libro.

BIO

Yolanda Castaño (Santiago de Compostela, 1977) es una de las voces más internacionales de la poesía gallega actual. Lleva publicados siete poemarios, entre los que destacan Libro de la egoísta (2003), Profundidad de campo (2007) y La segunda lengua (2014). Sus libros han merecido los principales galardones del panorama gallego, así como el Premio de la Crítica Española 1999 y el Ojo Crítico 2009. Actualmente dirige su propia residencia para escritores en A Coruña.



Tomada de https://www.zendalibros.com/5-poemas-de-materia-de-yolanda-castano/

sábado, 23 de septiembre de 2023

Si con angustia yo compré esta dicha

  Delmira Agustini


Íntima




Yo te diré los sueños de mi vida
en lo más hondo de la noche azul...
Mi alma desnuda temblará en tus manos,
sobre tus hombros pesará mi cruz.
Las cumbres de la vida son tan solas,
¡tan solas y tan frías! Yo encerré
mis ansias en mi misma, y toda entera
como una torre de marfil me alcé.
Hoy abriré a tu alma el gran misterio;
ella es capaz de penetrar en mí.
En el silencio hay vértigos de abismos:
yo vacilaba, me sostengo en ti.
Muero de ensueños; beberé en tus fuentes
puras y frescas la verdad; yo sé
que está en el fondo magno de tu pecho
el manantial que vencerá mi sed.
Y sé que en nuestras vidas se produjo
el milagro inefable del reflejo...
En el silencio de la noche mi alma
llega a la tuya como un gran espejo.
¡Imagina el amor que habré soñado
en la tumba glacial de mi silencio!
Más grande que la vida, más que el sueño,
bajo el azur sin fin se sintió preso.
Imagina mi amor, mi amor que quiere
vida imposible, vida sobrehumana,
tú sabes que si pesan, si consumen
alma y sueños de olimpo en carne humana.
Y cuando frente al alma que sentía
poco el azur para bañar sus alas
como un gran horizonte aurisolado
o una playa de luz, se abrió tu alma:
¡Imagina! ¡Estrechar, vivo, radiante
el imposible! ¡La ilusión vivida!
Bendije a dios, al sol, la flor, el aire
¡la vida toda porque tu eras vida!
Si con angustia yo compre esta dicha,
¡bendito el llanto que manchó mis ojos!
¡Todas las llagas del pasado ríen
al sol naciente por sus labios rojos!
¡Ah! tú sabrás mi amor; mas vamos lejos,
a través de la noche florecida;
acá lo humano asusta, acá se oye,
se ve, se siente sin cesar la vida.
Vamos más lejos en la noche, vamos
donde ni un eco repercuta en mí,
como una flor nocturna allá en la sombra
me abriré dulcemente para ti.




De Los cálices vacíos, 1913

Te deseo un huerto

 Te deseo un huerto.

Un huerto que te recuerde
cómo cosechar lo que se siembra.
Un huerto que te enseñe que cuidar
es sinónimo de cuidarse.
Te deseo un huerto.
Un huerto que te recuerde el por qué
de los ciclos y de las estaciones.
Que no te permita olvidar, por ejemplo,
que la primavera
sólo existe gracias a -y después de-
el invierno.
Te deseo un huerto.
Para que te manches de barro,
para que no te falte nunca
el alimento
ni los motivos para levantarte
de la cama.
Por ejemplo, para regar,
o sembrar
o para cualquier otra manera
de preservar la vida.
Te deseo un huerto.
Sobre todo para que comprendas
que reciprocidad, en la gran mayoría de ocasiones,
no es
dar lo mismo que recibes.
Que reciprocidad es recibir lo que necesitas
y dar lo que le hace falta al otro.
Te deseo un huerto,
un huerto que te explique
la complejidad de lo sencillo
y lo sencillo de la complejidad.
Te deseo un huerto.
Para que comprendas
que la reciprocidad
se resume, en esencia,
a dar agua y luz
y recibir tomates.
*
Puede ser una imagen de texto

miércoles, 20 de septiembre de 2023

Los niños del bando vencido

 

Poemas de Ohuanta Salazar

ILUSTRACIÓN DE CINDEL GARCÍA NIEZBRYCKY

Niños del bando Vencido

Los niños que nacimos en el bando vencido
del lado vencido del mundo
necesitamos una tía María Rosa
que se tome muy en serio la alegría
porque los padres del bando vencido
están ocupados con la tristeza
porque la tristeza de este bando
siempre tiene razón.

Pero los niños del lado vencido del mundo
también queremos armar trincheras
aunque nunca podamos repetir esa palabra
ni en el colegio ni en la plaza ni con los vecinos
y saber dónde queda ese lugar “exilio”,
o qué magia hizo desaparecer al tío, desaparecido,
aunque nunca nunca podamos repetir esas palabras
ni en el colegio ni en la plaza ni con los vecinos.

Cuando los niños del bando vencido
crecemos con estos adultos tristes del bando triste
del lado triste del mundo,
requetenecesitamos una tía María Rosa
que nos enseñe a guardar esas palabras tristes
que no hay que repetir nunca nunca re mil nunca
en el fondo triste del lado triste del canasto de los juguetes
y nos lleve en los días soleados
a chupar cañas de azúcar y a comer uvas de la parra
aunque comer frutas sin lavar esté prohibido
y en los días lluviosos
a escondernos en trincheras de almohadas
y cantar palabras contentas de María Elena
aunque también estén prohibidas.

Todos los niños que nacimos en el bando vencido
del lado vencido del mundo
requetemilnecesitamos una tía María Rosa
para nunca nunca tener miedo
a la oscuridad
ni a las palabras
ni en el colegio ni en la plaza ni con los vecinos
para ser por un rato niños del bando feliz
del lado feliz de la tristeza del mundo.

Randas


La Randa es un tejido artesanal de punto que se realiza en Monteros, Tucumán.
Su enseñanza se trasmite de generación en generación.

Manos de abuela
enseñan, enlazan
hilos en la barra.
Paciencia, la malla
la abuela explica
será una flor
hilo a hilo
en el bastidor, extendida
como rosa de los vientos.
Esta hebra por arriba.
Hija de hija
se hace nudo
y la abuela desanuda.
Esta hebra por debajo
porque si,
porque desde siempre se hizo así.
Abuela, patrona
del bastidor
sumisa
de su hombre
padre de padre
nieto de nieto
sometedor de hembras y Diaguitas
interrumpe
y ella, mujer, acude
la nieta, hilo pendiente,
nudo ansioso.
Paciencia, la trama
la abuela explica
ella también es nieta de nietas
tejedoras del primer Tucumán
obligadas colonas de estos valles
porque siempre, así
se formaron las flores.
Este hilo por debajo.
Bajo el mismo algarrobal
mansas confidencias
que el río Tejar se lleva.
Este hilo arriba.
Pétalo a pétalo
abuela y nieta
entretejidas.

Capacocha

Capacocha era una ceremonia incaica de tributo al dios Viracocha.
En ella se ofrendaban las vidas de los mejores niños.
Como en el Llullaillaco,
El Niño,
el mejor niño, tributo del Inca
mientras subía
nieves arriba, hielo arriba
mejor cuidado, mejor vestido
o gritar
encontrar a sus padres en el cortejo
y ver en sus ojos un brillo de lágrimas
y rogar
que lo cargaran en la espalda
como cuando guagua
y escapar
hielo abajo, frío abajo
pero obediente…

Aquí,
mi hijo,
mi niño,
mientras habla
y juega como un nene
y se viste con colores de nene
tal vez quiere jugar
a las muñecas con sus primas
y usar, otra vez,
mis collares a escondidas
pero obediente,
es ofrendado.

Nombre Originario

Ya supe que mi bisabuela Rivella vino de Italia pero
yo ando buscando mi nombre Diaguita-Calchaquí
y no hallo embajada donde acudir.
Sé que ahí están, esos genes, cada vez
que suena el viento como siku entre las cañas
y en la piel trigueña de mi padre Salazar
o en la nariz de mi abuelo González y en esa
sabiduría de yuyos de mi bisabuela Sánchez Paz

¿Quién habrá sido mi tataratatarabuela y la abuela de su abuela?
Acaso una niña allá en Ibatín, sometida
por los changos de Diego de Villarröel
o la habrá matado el paludismo o el hambre o
la zafra bajo el sol.
Tal vez fue una alfarera o tejedora o estuvo
en los cerros resistiendo, montonera
y allá en los valles o en el monte parió a una guagüita mestiza
y le cantó, bajo la luna, la canción de sus ancestros,
nombrándola al oído: Killawarmi o Intihuasi,
hasta que algún criollo la anotó: María o Josefa o Silvia.

Ando buscando mi nombre Diaguita-Calchaquí y por ahora
para no engañar tanto a mi sangre, me bautizo
con un nombre que recuerdo susurrado a mi oído: Ohuanta,
el hogar de mis abuelos, al pie de los cerros verdeazules,
tierra adentro.

Alojita cantada


La Aloja es una bebida dulce y fresca hecha con las vainas de algarrobo
Bebíamos la versión sin alcohol cuando éramos chicos.

En ese algarrobo sabía haber un pajarito
dele cantar y cantar, decía abuela.
Las vainas en el agua y ella
revolvía contándole cosas
que no escuchaban el abuelo ni la suegra
después endulzaba y así alojaba,
su aloja riquísima,
frescura en las siestas.
La mejor ¿qué nó? preguntaba,
es la música de las semillas,
aloja cantada, decía.

Ahora abuela en cama, olvida
los días, los nombres
pero recuerda hacer su alhoja.
Los hijos le traen vainas y abuela
ojitos nublados mira sin ver,
las acerca y escucha,
estas semillas no están entonadas, se enoja
y grita palabras que nunca dijo antes.
Nadie le avisa, de la pacha vendida
ni del cerco ni del dueño del algarrobo.

Los nietos, ladrones en la siesta
le traemos las semillas.
Abuela las escucha y sonríe.
Entonces mueve los brazos, imagina
y revuelve una olla invisible
le canta, le cuenta en voz baja y endulza
su alojita cantada.

Biografía

Ohuanta Salazar nació en San Miguel de Tucumán en 1975. Pasó su adolescencia en San Salvador de Jujuy luego cursó sus estudios de Bioingeniería en Entre Ríos, actualmente reside en Pilar (Bs. As). Publicó su primer libro PATIOS DE OBANTA (relatos) en 2017, participó de la antologías Homenaje a Nicanor Parra (2018); Bardos y desbodes II (poemas, 2019); Autores Locales de Pilar (2019).