lunes, 6 de abril de 2015

Por no despertar su almendra vertiginosa, sólo por eso no se mueven

GABRIELA MISTRAL



LA CENIZA







La ceniza es ligera y callada.

La ceniza viuda del gayo fuego, que no brinca más con treinta piernas rojas, de fuego centauro, que siempre venció tirando lanzazos atarantados, pero que también hubo de morir. La ceniza sin fiesta, tumbada como la viuda hindú.

La ceniza-beguina, oración exenta de ímpetu, sin levantamiento de palabra en el pecho; la gris, ayuna de toda voz en su pequeña derrota; con callada muerte de pobre.

La ceniza que cubrió la brasa penúltima un poco como mujer, guardándole el tizón rosado.

La ceniza clara, que deja la leña tierna, felpa de cariño, parecida a la arruga mayor que corre por el cuello de la madre vieja, tibia como un pájaro que acaba de morir, pero que ya no se voltea y no responde.

La ceniza de los árboles amargos, que (es) acre en la lengua, que no quiere ser probada, áspera por voluntad de pureza.

La ceniza que ayuda a la tierra fecunda, hermana sin hijo que alimenta al de otra.

La ceniza es ligera y callada.

Ceniza buena de la muerte; un copo liviano sobre la boca que ya no avienta cosa alguna. Buen sayal que cae sin pliegues de la cabeza a los pies, tan largo como se quiera, tan espeso como lo pide el corazón, para ensordecerse bien.

La ceniza, que aleja de la carne tendida la hormiga larga de la muerte y el feo moscardón de la muerte.



[De Reino]





ELOGIO DEL AGUA





El agua es ágil y no lleva memoria consigo.

El agua camina arrodillada, como deben ir allá arriba los ángeles de la Reverencia, corriendo hacia el mejor.

El agua que va con los semblantes del paisaje, listada por el rostro de las cosas, como si fuese a dar testimonio de todas ellas, y que no se rinde, del peso, y sigue con su carga de semblantes sin que nadie vea quién se la recoge.

El agua inarticulada, que tiene por voluntad el no tenerla, libre de coyunturas como el aire, sin las muecas y los tendones de las demás criaturas. El agua que se da sin romperse, única dación sin dolor, que puede ser en la altura la de los ángeles.

El agua es ágil y sin objeto propio.

El agua de los surtidores, con anchos brazos líquidos en los cuales el espíritu de los parques goza mil esposas y la misma esposa de mañana a noche, abrazo que la mujer no ha aprendido.

El agua de las fuentes, que escucha hacia adentro como Ruysboeck, agua religiosa de labio más delgado que la daga. El agua de alguna fuente cuya mirada ahuecó mi ojo hasta la nuca y que me dijo una palabra en la cual entró la muerte y no me deja más.

El agua es ágil y sin objeto propio.

El agua en los canales, agua de ingenierías de hombre, que corre como un paño burgués por su camino sin sorpresas, Cleopatra vieja que renegó la aventura a fin de seguir viviendo ¼

Los ríos que hacen sobre la Tierra sus versos ágiles: garabateos sin sentido de los primeros niños que hubo en el mundo. Los ríos pesados que alcanzan el verde como una nobleza marina; los pequeños ríos grises, que van como plumón ralo de pichón; mis ríos chilenos. Los ríos de Chile que bajan rompiendo ajorcas de vidrio por los cerros y las rehacen en el llano, y no pierden en el viaje ni una sola ajorca.

El agua es ágil y no lleva memoria consigo.

El agua de las cascadas, Penélope que teje y desteje su vestido y extiende las falda y la encoge otra vez, loca de espera y ciega de la única blancura.

El agua musical de las cascadas, que hace su fiesta para sí misma y juega a tener treinta y tres voces. El agua que engaña a las piedras con que tienen gargantas y se las muda de sitio a cada momento y les da entre pausa y pausa muerte y resurrección.

El agua de las cascadas americanas, que vienen en un juego pasándose la una a la otra la estrofa bárbara, desde Alaska a la Patagonia, zancada a zancada musical, como las mujeres que bailando se pasan una flor; y la flor vuelve a subir de la Patagonia a la Alaska, y la vieja travesura no cansa al agua ni al tiempo.

El agua es ágil y sin objeto propio.

El agua es marina, tarde en la ira como Jehová en el salmo y cuya piedad hará tal vez los añiles de su techo. El agua del mar que sólo quiere juntar su espejo para que el planeta líquido vuelva a correr el cielo como un pez.

El agua marina que tiene vuelta la espalda y que debajo está con el ojo fijo de Cellini, haciendo una concha marina de doscientas espirales y buscando cales pàra su caracol con un movimiento rápido de pestañas.

El agua marina que saló nuestra sangre y se volverá dulce con nuestra sangre al final de los tiempos, pero no antes.



[De Reino]





ELOGIO DE LAS PIEDRAS.





Las piedras arrodilladas, las piedras que cabalgan y las que no quieren voltearse nunca, como un corazón demasiado rendido.

Las piedras que descansan de espaldas, como guerreros muertos y tienen sus llagas tapadas de puro silencio, no de venda.

Las piedras que tienen los gestos esparcidos, perdidos como hijos: en una sierra la ceja y en el poyo un tobillo.

Las piedras que se acuerdan de su rostro junto y querrían reunirlo, gesto a gesto, algún día.

Las piedras amodorradas, ricas de sueños, como la pimienta de esencia, pesadas de sueño, como el árbol de coyunturas, la piedra, que aprieta salvajemente su tesoro de sueño absoluto.

Las piedras arrodilladas, las piedras incorporadas, las piedras que cabalgan y las que no quieren voltearse, igual que corazones demasiado rendidos.

La piedra cabezal para el Jacob de nuca fuerte, la piedra enjuta como el número, sin bochorno y sin rocío igual que el número.

La piedra redondeada que es solamente un gran párpado, sin pestaña, como el de Matusalem. La cumbre en garfios de los Andes místicos, que era una llama sin danza, parada como la Sara de Lot y que no quiso contestar en mi infancia y no me contesta todavía.

Las piedras con sobresalto de oro o de plata, con punzadura súbita de cobre, que están asombradas del intruso. Piedras turbadas por sus almendras de metal, como por el dardo invisible.

Las piedras arrodilladas, las piedras incorporadas, las piedras que corren en falange o en muchedumbre, sin llegar a nunguna parte.

Las piedras mayores de los ríos, de costado escurridizo, como el abogado, y que tienen las mismas vegetaciones lacias, que se pegan a la cabellera de las ahogadas. Las piedras suaves que pueden tocar al desollado y no lo hieren y pasan sobre su cuerpo con la propia lengua de su madre y no se cansan.

Las piedras menores de los ríos, los guijarros pintados como el fruto y que, ellos sí, pueden cantar. Yo también tuve cinco años y cuando los puse debajo de mi almohada, alborotaban como un montón de niños que se ahogaban o bien hacían ronda en torno del núcleo de mi sueño, dueños de él, guijarros pueriles venidos a mis sábanas por jugar conmigo.

Las piedras que no quieren ser lápidas ni fuente, por no recibir el gesto ajeno y se rehúsan a la inscripción intrusa para hacer subir algún día el gesto, el habla de ellas mismas.

Las piedras mudas, de tener el corazón más cargado de padión que sea dable y que por no despertar su almendra vertiginosa, sólo por eso no se mueven.




[De Reino]





ELOGIO DEL ACEITE.




El aceite, más pausado que la lágrima y también más que la sangre.

Cuando resbala hacia las vasijas de vientre negro y las vasijas de vientre rojo, donde en diciembre descansa del dolor de la exprimidura.

El aceite suavizador de la entraña. Él entró en el corazón del magnánimo que perdona setenta veces, según la voluntad de Nuestro Señor, y a causa de ese perdón lleva cada mañana unos ojos recién nacidos.

El aceite que suelta nuestras coyunturas lo mismo que afloja los hierros pertinaces y nos deja desgranados con dulzura en mazorcas subterráneas, cosecha de la buena muerte.

El aceite rubio, hijo solar de madre taciturna, presente y escondido en la negrura consumada de la aceituna como la sabiduría en la frente del Buen Pastor. El aceite ni dulce ni salobre, como la sabiduría.

El aceite que arde para darse en lu llama una mirada a sí mismo y conocerse. Llama el aceite sin ambición, que sólo quiere señalar el punto en que está el pecho de las catedrales; llama sin ningún ímpetu que es la confidencia de Cristo que no alcanza a palabra y ni a sílaba.

El aceite, más lento que la lágrima y más pausado que la sangre.

El aceite, buen samaritano, que cura y vela como el otro, digno d haber participado en el Evangelio, siendo el treceavo apóstol. De haber seguido la vía sacra, el aceite lamiera las siete llagas como un perro divino, y Cristo, tal vez, no da al morir el grito que contó Mateo.

El aceite que no quiso quemar a Juan Evangelista en la caldera, y solamente lo sumió de la coronilla a los pies y entró por sus poros a probar su sangre, única cosa mejor que él mismo.

El aceite, que va a ser convocado con las virtudes cardinales de la Tierra y se va a sentar entre las otras materias, con rostro de oro vegetal, con brazos graves y en una dorada vertical de ropas talares.

El aceite, más lento que la lágrima y más pausado que la sangre.



[De Reino]






ELOGIO DE LA SAL.




La sal, que en los montones de la playa de Eva del año 3000, parece frente cuadrada y hombros cuadrados, sin paloma tibia ni rosa viva en la mano y de la roca que brilla más que la foca de encima, capaz de volver todo joya.

La sal que blanquea, vientre de gaviota, y cruje e la pechuga del pingüino y que en la madreperla juega con los colores que no son suyos.

La sal es absoluta y pura como la muerte.

La sal que clavetea en el corazón de los buenos, y hasta el de Nuestro Señor Jesucristo, hará que no se disuelvan en la piedad.



[De Reino]




LA HARINA.




La harina es luminosa, suave y grávida.

La harina clara del arroz, que cruje como la buena seda; la que llaman almidón, fresca como agua de nieve y que alivia la quemadura. La harina resbaladiza como la plata, de la patata pobre. ¡Las muy suaves harinas!.

La harina grave, que hace la pesadumbre de la espiga del arroz o del centeno, tan grave como la tierra, tierra ella misma que podría hacer caminos lácteos para criaturas sin pecado original.

La harina suave, que resbala con más silencio que el agua y puede caer sobre un niño desnudo y no lo despierta.

La harina es clara, suave y grávida.

La harina materna, hermana verdadera de la leche, casi mujer, madre burguesa con cofia blanca y pecho grande, sentada en un umbral con sol: la que hace la carne de los niños. Ella es bien mujer, tan mujer como la goma y la tiza; ella entiende una canción de cuna si se la cantáis y entiende en todas las cosas de mujer.

Y si la dejáis solita en el mundo, ella lo alimentará con su pecho redondo.

Ella puede también hacerse una sola montaña de leche, una montaña lisa por donde los niños rueden y rueden.

Harina-madre, y también niña eterna, mecida en el arrozal de pliegues grandes, hijita con la que los vientos juegan sin verla, tocándole el rostro sin conocérselo.

La clara harina. Se la puede espolvorear sobre la pobre tierra envejecida y negra, y ella le dará unos campos grandes de margaritas o la decorará como la helada.

La harina es clara, suave y grávida.

Si caminara, nadie le oiría los pies de algodón, que se sumen, de pesados, en la tierra; si quisiera bailar, se le caerían los brazos graves; si cantara, el canto se le apagaría en la gruesa garganta. Pero no camina, ni baila, ni canta. Si quiere tener nombre, hay que hacerle nombre con tres B o tres M blandas.




Noviembre de 1926

[De Reino]






ELOGIO DEL ORO.





El oro que en una lámina más delgada que mi aliento yo he levantado a la altura de mis ojos y que así, contra la luz de Mayo, me dio una mirada casi verde, una mirada gemela parada como la mía entre el verde y el dorado y que me conmovió como la de un hermano mellizo.

El oro que, hecho polvo, se vuelve patético y contra el sol logra el violeta y aspira al púrpura, porque como otros reyes, como David o Luis de Baviera, él también querría conocer angustia.

El oro ofreció a la niña que sale desnuda del río cubrirla con lámina y lámina. La niña aceptó la gasa seca de oro que le hace un engaño de color con su resplandor. Ella la recogió después, hoja a hoja, y cuando la acabó de poner sobre su palma supo que la vestidura recogida era menos gruesa que la hoja grasa de la hiedra y la sostuvo en la palma con menos peso de una gota de su sangre.

El oro que se gasta en el tacto por uno como pudor de ser bello y no acabarse y una vergüenza de compararse a lo divino y que me consuela a mi propia muerte.

El oro que el antiguo llamaba metal dulce al lado de los pertinaces, polen más duro únicamente, o cera un poco más terca.

El oro sin irritación (parecido a los viejos angélicos), en la ofensa del lodo y del ácido.

El oro que corre por mis ríos familiares, haciéndoles más dulce el limo, con gana de labios de agua, con gana de peso de aguas musicales, sobre su semblante.

El oro voluntariamente aglutinado con la plata segundona, en apetito cristiano de aplebeyamiento.

El oro que el alquimista nombraba con la misma cifra del sol por consolarlo, el oro engendrado y sustentado del sol que reprocho y que ha de morirse con el otro, ennegreciéndose de ese duelo como una pavesa, porque es fiel. Contó Boghes, el árabe para los suyos y para mí, que todos los cuerpos pasan, en su último término, unos en almendra de oro y otros en almendra de plata. (Contó para mí que no quiero podrirme). Dejo dicho aquí el oro, creyéndole a Boghes que será mi última carne y la última asomadura de mi semblante en este mundo.



[De Reino]

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